Un católico como candidato presidencial
Rodolfo Villarreal Ríos
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Febrero 26, 2016
20:08 hrs.
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A ellas cuatro por la lección que nos han impartido ante la adversidad
Innumerables han sido las ocasiones en que por no ubicar a cada una en el espacio que les corresponde, la combinación o confrontación de las creencias religiosas y políticas ha resultado en situaciones nada positivas. Varias veces hemos comentado lo acontecido, durante los 1920s, en México cuando nos enfrascamos en una revuelta en la cual las diferencias religiosas provocaron que el raciocinio decidiera irse muy lejos. Sin embargo, poco abordamos lo sucedido, por esas mismas épocas, en los Estados Unidos de América (EUA) cuando por causa similar se dio una contienda política, verbal y periodística, sin faltar descerebrados que querían arreglarlo a guamazo limpio, para definir la prevalencia de una u otra interpretación de la fe. Esa era la realidad que se vivía en ambos países al final de la primera e inicio de la segunda mitad de la década de los 1920s. En los EUA, desde sus inicios, la mayoría de sus habitantes profesan versiones diversas del cristianismo o, como los católicos les dicen, caen dentro de la categoría de “hermanos separados.” En los 1920s, el 16.6 por ciento de la población estadounidense era católico. Sí usted, lector amable, decide acompañarnos en este repaso le narraremos lo suscitado en torno a una “candidatura presidencial novedosa” ocurrida al otro lado del Bravo.
Generalmente cuando alguien nos habla de la candidatura presidencial de un católico en los EUA, lo asociamos con el Presidente John Fitzgerald Kennedy. Sin embargo, aun cuando es el único que pasó de candidato a gobernante, previamente un católico, Alfred Emanuel Smith, aspiró en tres ocasiones al cargo. Alrededor de él y sus intentonas presidenciales comentaremos a continuación.
El 24 de junio de 1924, en el Madison Square Garden de New York dio inicio la Convención Demócrata para seleccionar candidato presidencial entre dos contendientes. Uno, el favorito, William McAdoo quien fuera secretario del tesoro durante la administración de su padre político el Presidente Woodrow Wilson. El otro, Alfred Smith, el gobernador de New York quien entre 1918 y 1928 fuera electo en cuatro ocasiones para el cargo. Al primero lo apoyaban los delegados del sur y el oeste, la mayoría protestantes quienes respaldaban la prohibición y tenían cierta simpatía por el Ku Klux Klan (KKK). Los delegados del noreste, muchos católicos, simpatizaban con Smith. Y aquello empezó mal. Los organizadores, se percataron que el número de delegados electos era 1436 en lugar de 1098, y para acabarla de arreglar, solamente imprimieron boletos para 1334 delegados. Mientras los delegados en favor de Smith demandaban incorporar en la plataforma electoral una condena al KKK, los de Mc Adoo se oponían. No fue sino hasta pasadas las dos de la mañana del día siguiente cuando aquello se decidió en una votación de 541 y 3/20 votos a favor y 542 y 3/20 en contra. La delegación de Georgia hizo la diferencia. Faltaba lo peor.
Entre el 30 de junio y el 9 de julio, los delegados requirieron votar 103 veces antes de elegir candidato. Inicialmente Mc Adoo llevaba la delantera, pero sin obtener los 733 delegados requeridos. A partir de la votación número ochenta y seis, Smith tomó la delantera, pero sin alcanzar los dos tercios necesarios. Finalmente, acordaron que el candidato seria John William Davis un político, diplomático y abogado nativo de West Virginia. Como compañero de fórmula llevaría al neoyorkino, Franklin Delano Roosevelt. Con el partido dividido enfrentaron en la elección general al Presidente Calvin Coolidge quien, como candidato Republicano, obtuvo 15.7 millones de votos que significaron 382 votos electorales, mientras Davis alcanzaba 8.3 millones y 136 votos electorales. Y así pasarían los próximos cuatro años. En México, el conflicto religioso se agravaba y, en los EUA, los católicos buscaban que Coolidge descalificara al gobierno mexicano y enviara las tropas, mientras que los protestantes esperaban se mantuviera neutral. Jugando al filo de la navaja, Coolidge optó por conducirse como un político conciliador apoyado en el mejor embajador que haya tenido los EUA en México, Dwight W. Morrow. Aquí un paréntesis, si usted lector amable tiene una opinión negativa sobre este personaje basado en lo escrito, con el estómago como era su costumbre, por el gigoló-cobarde-nazi-sinarquista, José Vasconcelos, lo invitamos a que revise la historia real no la generada por aquel que fue a pedirle apoyo y al negárselo se lanzó a embadurnar paginas plenas de epítetos. Retornando a nuestro relato, no todos mantuvieron la actitud equilibrada del presidente estadounidense.
En New York, el presidente de la “Anti-Saloon League” y obispo metodista episcopal, Adna Wright Leonard de Buffalo, N.Y. pidió a los anglosajones unirse en contra de los extranjeros, especialmente los latinos, quienes representaban un problema. Los funcionarios gubernamentales les permitían entrar ilegalmente al país. Protestantes y miembros de ambos partidos condenaron la postura considerándola de carente de juicio. Eso no era todo.
En la primavera de 1926, el gobernador Smith recibió al delgado papal, Giovanni Vincenzo Cardenal Bonzano y otros sacerdotes quienes iban rumbo a Chicago para asistir al Concilio Ecuménico Católico. Ante ello, la sección del KKK en San Angelo, Texas, acusaron a a Smith de reconocer a la iglesia católica, mientras que el gobierno no lo hacía.
El 23 de marzo de 1927, la revista The New Republic publicó un artículo titulado: “A Catholic President?” (¿Un católico presidente?). Se demandaba que Smith fijara su postura sobre el conflicto religioso en México. Dos días más tarde, los diarios neoyorkinos y algunas revistas publicaban un artículo denominado “An Open Letter to the Honorable Alfred E. Smith” (Una Carta Abierta al Honorable Alfred E. Smith) escrito por el episcopal laico, Charles C. Marshall quien cuestionaba la capacidad de Smith para ejercer un cargo público debido a su religión e invocaba encíclicas, bulas papales, y asuntos de teología. A ello, Smith respondió que nada de eso sabia. Pero tenía que responder públicamente y pidió a su hombre de confianza, Joseph Proskauer, de religión judía, que preparara la contestación, lo cual declinó. Finalmente, Proskauer, junto con el sacerdote, Francis P. Duffy, prepararon una versión que revisó Smith quien la remitió al arzobispo de New York, Patrick Joseph Cardenal Hayes para que revisara lo referente a la doctrina. Así, la réplica apareció en The Atlantic Montly bajo el título “Catholic and patriot: Governor Smith replies” (Católico y patriota: el Gobernador Smith responde).
A la disyuntiva planteada por Marshall entre la lealtad al catolicismo y la Constitución estadounidense, Smith respondió que siendo funcionario electo a cargos diversos desde 1903, nunca había tenido un conflicto en ese sentido. Acto seguido, Marshall apoyado en el texto de la encíclica La Constitución Cristiana de los Estados, emitida por León XIII, cuestiono a quien sería leal Smith, ¿Al papa o a la Constitución? Smith manifestó que no veía discrepancia entre los principios religiosos y los asuntos políticos en los EUA. Él siempre seleccionó sus colaboradores en base a conocimientos y no a creencias religiosas. Otros temas fueron la educación laica, la anulación matrimonial y el divorcio. Asimismo, México entró en el debate. Marshall aludió a la opinión oficial de la iglesia católica emitida, a pedimento de la alta jerarquía católica en los EUA, por William D. Guthrie quien argüía que el gobierno de México no tenía derecho a negar personalidad jurídica a las iglesias. Según él, la Constitución de México era una violación (sic) a la ley internacional dado que invadía (resic) las prerrogativas de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Al respecto, Smith respondió que no había leído dicho documento, pero que apelaba al texto de la carta pastoral que los obispos estadounidenses publicaron el 12 de diciembre de 1926 en donde se descartaba una invasión armada a México. Reconoció que ninguna iglesia tiene derecho a pedir una intervención armada en otro país simplemente para defender a los suyos. Sin embargo, Smith coincidió en que la iglesia tiene derecho a pedir apoyo de este país para ayudar a los oprimidos en cualesquier sitio. Dejó claro que no reconocía ningún derecho a su iglesia para interferir con la Constitución o el cumplimiento de la ley; su adhesión a la separación estado- iglesia; el apoyo a la educación publica, pero el derecho de los padres de enviar a sus hijos a escuelas confesionales si así lo deseaban. Concluía apuntando su esperanza de que en el futuro a ningún servidor público fuera cuestionado simplemente por sus creencias religiosas. Para sus adversarios, haber recurrido al apoyo de sacerdotes para preparar la respuesta fue un error. Sin embargo, nada de lo respondido fue sujeto a crítica mayor ni por sus adversarios.
En medio de ello, en junio de 1928, llegaron a la Convención Demócrata en Houston, la cual presento un hecho singular. Por vez primera, en un país predominantemente protestante, uno de los partidos más importante tendría que escoger un católico como su candidato. Nada de que los dados estuvieran cargados en favor de Smith, sino que su contendiente, el senador por Montana, Thomas James Walsh, también era católico. Sin embargo, sus posibilidades eran mínimas, provenía de un estado escasamente poblado, algunos lo acusaban de ser instrumento del KKK, no se manifestaba en contra de la prohibición, y no tenía detrás el apoyo de una maquinaria poderosa como la de Tammany Hall el grupo que controlaba la política neoyorkina en todos los aspectos. Smith se impuso y salió a contender con el republicano Herbert Clark Hoover.
La campaña, se movería entre el anti catolicismo y el debate sobre si levantar o no la prohibición del consumo de alcohol. Smith estaba a favor de terminar aquello y lo calificaban de “wet” (húmedo). En Tennessee, los demócratas enfrentaron dificultades para incrementar su membresía pues nadie quería aparecer ligado a un candidato católico. Así, el 20 de septiembre de 1928, en Oklahoma City, Smith pronunció un discurso en el cual delineaba a grandes rasgos su actuación como gobernador de New York y rechazaba los ataques derivados de su religión. Asimismo, exponía su pluralismo como gobernador cuyo gabinete estaba integrado por tres católicos, diez protestantes y un judío. Para reconfirmar a los votantes que su campaña no se sustentaba en una base religiosa, Smith declaró: “No quiero que ningún católico en los EUA vote por mí porque soy católico. Si cualquier católico en este país cree que el bienestar, la felicidad, la prosperidad y el crecimiento económico de los EUA puede conservarse y promoverse mediante la elección del Sr. Hoover, lo invito a que sufrague por él y no por mí. Sin embargo, tengo derecho a decir que cualquier ciudadano de este país quien crea que yo puedo promover su bienestar, que soy capaz de conducir la nave del estado a sitio seguro durante los próximos cuatro años, pero va y vota en contra mía simplemente por mi religión, estimo que no es un estadounidense autentico y genuino.”
Los miembros de otras religiones temían que sí un católico arribaba a la Casa Blanca, el país estaría sometido a Roma y al papa. Después, perseguirían a todo aquel que no se convirtiera al catolicismo. Una soberana tontería, pero nunca falta quien desde el otro lado los acompañara. El 4 de octubre de 1928, The Union and Times, órgano oficial de la diócesis de Buffalo, N.Y, publicó un artículo en el cual el editorialista apuntaba que una vez que un católico fuera electo presidente, “el hombre agonizante, en la persona de la iglesia protestante, rápidamente se hundirá. La paja a la cual se ha adherido para difundir sus creencias, desaparecerá junto con él. Los remanentes de calvinismo, luteranismo, las enseñanzas de Wesleyan, y el episcopalismo morirán como al igual que sus sectas que se están desintegrando debido a la división, discordia y desacuerdos.” Los ataques a Smith llegaron a niveles de franca estupidez. En algunas iglesias protestantes en Georgia, mostraban fotos del candidato demócrata cuando, como gobernador, inauguró el Túnel Holland que atraviesa, por debajo, el Río Hudson entre New York y New Jersey. Algunos estaban convencidos de que el túnel iba hasta los sótanos del Vaticano. Asimismo, en un programa de radio, se decía que, en New Jersey, un convento había sido adquirido para establecer el domicilio en los EUA del papa quien desde ahí controlaría el gobierno en caso de que Smith fuera presidente. A ese nivel llegaban algunos.
Por su parte, el candidato republicano Hoover, profesante de la religión cuáquera, rechazó entrar a una campaña basada en la descalificación. Desde su discurso de aceptación, se declaró partidario de la tolerancia religiosa, dado que “cada quien tiene derecho a establecer su relación con Dios de acuerdo a los dictados de su conciencia.”
Al final, Smith perdió por un margen de 6.4 millones de votos. Obtuvo el 30.8 por ciento del voto y 87 votos electorales. Hoover logró el 58.2 por ciento y 444 votos electorales. El sur, tradicionalmente Demócrata, se dividió. Los ubicados en la llamada parte alta del sur, junto con Florida y Texas votaron por los Republicanos, mientras que Alabama, Georgia, Arkansas, Louisiana, Mississippi, South Carolina, además de los del noreste, Massachusetts y Rhode Island, votaron mayoritariamente por Smith. No obstante lo anterior, Smith volvería a intentar obtener la candidatura en 1932, pero fue derrotado por su antiguo jefe de campaña, Franklin D. Roosevelt.
Lo acontecido a Smith revela como los fanáticos religiosos de cualquier denominación actúan igual. Descalifican a quienes piensan distinto a ellos y no paran en epítetos para tratar de justificar su postura. No obstante que su actuación fue positiva y al neoyorkino nadie podía acusarlo de gobernar con el catecismo del padre Ripalda en la mano, los ataques disfrazados de ser políticos estaban plenos de fanatismo religioso, el cual también caracterizaba la defensa que hacían los católicos. Si bien allá las cosas no alcanzaron a ser como en nuestro país, sí fue una muestra de cómo la mezcla religión-política nada bueno trae a los pueblos. Tan simple que es mantener cada una en su esfera propia de acción, pero nunca faltaran los ambiciosos que a toda costa querrán entrometerse en los asuntos del otro y para ello no pararan en atacar, de palabra y obra arropadas en oraciones al “Altísimo,” a quienes no comparten su perspectiva religiosa. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (1) Esperamos que esta vez, el rector de la UNAM actúe y desaloje a los malvivientes apoderados, desde hace dieciséis años, del Auditorio Justo Sierra. Sus dos antecesores nunca convirtieron en acción las palabras.
Añadido (2) Las autoridades defeñas o mexiqueñas se molestan por las declaraciones de científicos de la UNAM respecto a la contaminación y nos permitimos preguntarles: ¿Se han dado cuenta que, a pesar de su alta investidura, ustedes y sus hijos (¿habrán dejado alguno viviendo ahí?), respiran el mismo aire que cualquiera de los mortales comunes? Por si lo han olvidado, más temprano que tarde habran de pagar la factura por no implantar acciones preventivas reales, no de maquillaje.
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