Hablemos de centralismo o del federalismo agonizante I de II
Opinión
Sergio Enrique Castro Peña
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Marzo 30, 2016
22:50 hrs.
Periodismo ›
Sergio Enrique Castro Peña › guerrerohabla.com
Una vez concretada nuestra independencia, en 1821, se inició una lucha que prevalece hasta nuestros días: centralismo o federalismo; gobierno teocrático o laico. En la tinta y el papel de nuestra constitución, esta disputa se encuentra saldada. Sin embargo, en la realidad cotidiana y política, se encuentra muy lejos de ser solventada. Nuestros políticos, empresarios, intelectuales, organizaciones obreras y religiosas, medios de comunicación masiva y las llamados ONG, en lo público son defensores acérrimos del sistema federalista, pero en su mundo privado, en su actuar, que define su pensar íntimo, son totalmente lo opuesto.
Dentro del campo de la física se utiliza el término de inter-fase para definir el momento de una transición entre un paradigma, un modelo a otro o de un estado físico a otro, por ejemplo, el agua de líquida a gaseosa o a sólida. Aquí están presentes dos fenómenos. Uno, en donde al cambiar el agua de estado sucede bajo un proceso sutil y paulatino. Otro, en el cual al calentarse el agua y lograr la temperatura de ebullición, las partículas entran en un movimiento incontrolado, hasta que el agua de transforma en vapor. No obstante el proceso de transformación distinto, ambos casos se conserva el elemento esencial que es el agua. De igual manera es factible utilizar este concepto para casos más complejos y poco controlados. En el campo de las ciencias sociales y políticas podemos describir ese momento de inestabilidad generado al pasar de un paradigma a otro, en donde en algunos casos se da con la violencia directa de la fuerza armada y, en otros, esa violencia es más paulatina y por lo tanto matizada. En forma similar, al presentarse ese período de inter-fase, se comienzan a definir los elementos que se conservarán del antiguo modelo y cuales definitivamente desaparecerán. Elementos que, sí se dan las condiciones adecuadas, retornaran quizás bajo otro disfraz pero con su esencia intacta, produciendo un nuevo paradigma muy acorde al original. Existen muchos ejemplos de este proceso siendo el más significativo, sin entrar en detalle, en el paradigma del cristianismo cuyas raíces las encontramos en la transformación que se dio de la amalgama de la religión judía y la cultura greco-romana con su filosofía y sus sistemas políticos y administración legal, militar y religioso y, como sus fundamentos se conservaron en las transformaciones que se dieron y construyeron lo que hoy conocemos como la Civilización Occidental.
Partiendo del principio de que los estudiosos de la materia consideran a América Latina como una civilización independiente, en el caso específico de la cultura en México, debemos de partir con la formación del Imperio Mexica y su asentamiento principal en México-Tenochtitlán con lo cual genera el primer período de inter-fase. Al conquistar el pueblo Mexica el Valle de Anáhuac, se produce una mezcla de culturas, una amalgama de un paradigma que estaba siendo desplazado por otro y su resistencia a desaparecer. Mediante una intensa campaña de expansión y conquistas de pueblos, el pueblo Mexica fue convirtiéndose en la cultura predomínate y obligaron a los habitantes de la regiones conquistadas a pagar tributos, constituidos mayormente pagos en especie de productos agrícolas, herramientas y ornamentales. De esta manera, bajo la concepción y operación de un gobierno teocrático-centralista, México-Tenochtitlan fue trasformada en la capital del imperio referida convirtiéndose en centro político, económico y religioso de todo el territorio y pueblos sometidos. Este modelo se consolidó y perduró hasta el momento en que vuelve a generarse una fusión de culturas, la mexica y la española.
El virreinato en México fue concebido como un clon de la corte española. Al amparo de lo dispuesto en el Patronato Real de Indias, todo acto cotidiano de los ciudadanos era dictado, supervisado y sancionado conjuntamente por la autoridad del virrey y la iglesia católica. Para el primero, toda acción fuera de los cánones de la sociedad era delito, mientras que para la iglesia aquello era pecado y anatema. Dado que, en aquellos tiempos, los delitos cometidos bajo las leyes civiles eran considerados inferiores a los religiosos, de igual manera eran los castigos. Esta supremacía se percibía también en el ámbito legal. La Iglesia, mediante documentos, era la encargada dar fe del registro y control de los nacimientos, casamientos y defunciones. En igual forma desarrollaban funciones bancarias no exentas de usura. En ese contexto, como buenos banqueros, poco a poco se fueron adueñando de fincas y haciendas, Este modelo teocrático-centralista tuvo su primer gran cuestionamiento con el Estadista Benito Juárez al promulgar las Leyes de Reforma.
El siglo diez y nueve, a pesar del movimiento independista, conservó casi intacto el modelo que se pretendía eliminar y se caracterizó por ser un período de luchas ideológicas interminables. En ello iba implícito el debate sobre el proyecto o modelo de gobierno que habríamos de adoptar. Republicano (Benito Juárez); dictatorial (López de Santana y Porfirio Díaz); monárquico (Iturbide y Maximiliano); organización política (centralista o federalista) y sistema económico (liberal, socialista, capitalista o, patrimonialista). También, había que en definir ser un país religioso, dominado y supeditado a una sola religión (la Católica) o un país laico con libertades no solamente políticas sino también religiosas. De ser un país agrario a uno de corte más industrial. En otras palabras, precisar el país que queríamos formar e integrar bajo un ideal político, de independencia, esto es, país al que aspirábamos. Era el momento de crear nuestra identidad.
Con el gobierno de Porfirio Díaz, se vivió una etapa en donde el cambio de paradigma, iniciado por el presidente Juárez, se vio interrumpido por las fuerzas que había tratado de controlar, la Iglesia Católica y la derecha reaccionaria, fuerzas que habían sobrevivido casi intactas del modelo anterior. Una vez, que esta embestida, perdió fuerza y vigencia, se crearon nuevas condiciones para irrupción en la palestra política de Francisco I. Madero que buscara restablecer el modelo laico y republicano. Al encontrar resistencia del gobierno de Díaz, al no reconocer el triunfo electoral de Madero, se dio lugar a una nueva lucha armada, que finalizo con el exilio de Porfirio Díaz. Pero, la toma del poder presidencial por parte de Madero, no fue más que una inflexión interrumpida por su asesinato y el del vicepresidente José María Pino Suárez. Si bien este fue un acto ejecutado por la mano de Victoriano Huerta, tras de él estaba el complot urdido por la Iglesia Católica, deseosa de renovar y preservar sus privilegios; los grupos conservadores, resentidos por la pérdida de su poder político y económico; y, las fuerzas del exterior, los Estados Unidos de América. En respuesta a esta felonía, nace lo que hoy conocemos como la Revolución Mexicana.
Al término del movimiento armado de la Revolución mexicana, se retomó la idea de una república laica y federalista. En medio del proceso de pacificación del país, el Presidente Plutarco Elías Calles centró los esfuerzos en la creación de las instituciones y su relación con el clero, los grupos conservadores y los estados. Sin embargo, en ese modelo, prevaleció la Ciudad de México como la capital del país en la figura de D.F. Ello alentó a las fuerzas de los poderes centralistas, encabezados por los conservadores y la Iglesia Católica, mermada en apariencia, pero dejó a un lado su ambición de recuperar la posición política y económica que perdieron con las reformas de Benito Juárez, por lo que no abandonaron la estrategia violenta para lograr esa ambición. Estrategia, que a lo largo de cuarenta años del siglo XX se utilizó, unas veladamente, la más, otras de abierta confrontación violenta, como la mal llamada ’revolución’ Cristera. Tras la derrota de dicha ’revolución,’ las fuerzas centralistas, aparentemente modificaron su estrategia, privilegiando las vedadas, las sutiles, las solapadas, los acuerdos o las amenazas en lo ’obscurito’.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el retorno del centralismo se fue incrementando paulatinamente arguyendo defender un esquema legal apoyado por factores económicos, de costos, eficiencia y eficacia, productivos, competitivos y anti-corruptores. De todos, el factor privilegiado por la derecha ultraconservadora, la corrupción, no solamente en México sino en todo el mundo, prefiere, al generalizar y focalizar el problema, ’ver la paja en el ojo ajeno’ que buscar las causas reales, sus alcances y las posibilidades de ser tratada. Dos han sido los blancos preferidos de esa derecha: el gobierno federal –cuando está en manos de un partido ajeno a sus intereses y los gobiernos estatales. Unos son menos corruptos o menos exhibidos: el PAN y el PRD; mientras otros, son asediados por constantes ataques y señalamientos: principalmente el PRI, por aquello de Revolucionario, hay traumas que no se superan.
No reconocer, la incidencia de la corrupción, por ineptitud u omisión, en la eficiencia, eficacia, los costos, la productividad y competitividad, afectando al país en lograr toda su potencialidad, es simplemente un contrasentido. Pero, tomar una inferencia como una verdad incuestionable, siempre lo hemos sostenido, es una corrupción intelectual inaceptable. Se puede inferir que en México exista corrupción, en todos los países la hay ya que están poblados por humanos y los humanos somos corruptos por naturaleza. Su instinto de supervivencia está sobre cualquier otro. Con todo respeto, para los que creen que fuimos creados, mediante un soplo divino y que, además, tenemos ’alma’. Pero, eso de ponerle pesos y centavos a las acciones de corrupción, basados en supuestas variables con una valoración dadas arbitrariamente y con escalas que determinan su grado de actuación, con el perdón de esos ’Organismos Internacionales’ –la ONU, el Banco Mundial, el FMI, de Derechos Humanos o, como quieran llamarse- al no señalar que esa información que apoyan sus escalas es simple y llanamente indicadores generales, que no tienen más valor que el de señalar que son más, menos o igual a otro y que en él fondo, sencillamente, es una cuestión de política, internacional, sí, pero, al fin a cabo, política. Una nueva variante de la antigua certificación otorgada, hace muchos años por los EUA, promovida por grupos conservadores a quien entonces encabezaba el Senador por Carolina del Norte, Jesse Helms y que han retomado nuestros conservadores para, a su vez, santificar o condenar a los que piensan diferente a ellos.
El año anterior, el jefe de gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera Espinosa en un arranque de soberbia y desconocimiento al tratar temas de derechos de género, una cuestión importante no cabe duda, señalo que en estos y en otros tópicos, la capital de México era un ejemplo a seguir por todos los demás estados. Para nosotros, aun no queda claro sí ese ejemplo a seguir se refería a construir grandes conglomerados poblacionales, económicos, políticos, administrativos burocráticos o de servicios en salud, educación, de comunicaciones o de ’distritos celestiales’, como diría el periodista Rafael Cardona. Actualmente, con los problemas de contaminación que las mismas autoridades capitalinas no atendieron, tanto en la concerniente a lo legal, aplicación de esas obsoletas e inoperantes leyes, la de ordenación territorial, era preferible conservar el capital electoral, el industrial y comercial, por aquello de la conservación del empleo y de las fuerzas económicas. Pero, también, el Dr. Mancera nos dio la receta secreta para ser un gobernante exitoso: chantajear al gobierno federal para obtener mayores para sus proyectos faraónicos, sin tener que realizar las reformas que tengan la posibilidad de revertir esos problemas. O, como se dice en esos lares campiranos ’con ganado, tierras y dinero, cualquier tarugo es ganadero’ y tienen razón, Dr. Mancera, usted solo es ’buen gobernante’ con los recursos que les quitan a otros estados, pero su receta no puede ser una política generalizada.
Una de las premisas principales para fundamentar más la concentración o centralización de las actividades y recursos presupuestales, es constituir en verdad absoluta que los estados son incapaces y corruptos, no pueden realizar elecciones imparciales apegadas a la ley, solamente la autoridad central puede garantizar que esos recursos y procesos se utilicen y desarrollen con la eficiencia, eficacia y honestidad que se requiere. Además, la imparcialidad electoral no puede existir sin que la autoridad central, el INE, intervenga directamente. Las solicitudes provienen de los partidos políticos nacionales, –centrales-.
La idea, no es nueva, pero adquirió vigencia, con un ’estudio-entrevistas’ de Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda Gutman, que derivaron en dos libros. En ellos, pretendían demostrar, digo pretendían, porque las simples entrevistas no pueden darnos información dura y suficiente para fundamentar y sostener las conclusiones de esos politólogos. Sin embargo, como a ellos si se les otorga foro nacional, pues esas sesudas conclusiones son vendibles especialmente entre los opositores a la administración actual y proveen municiones para que los herederos de las buenas conciencias rancias, disfrazados de modernos, aparezcan con ropajes que ocultan lo que son: adalides del centralismo. Nuestra capital, como menciono nuestro amigo e historiador, Rodolfo Villarreal Ríos, en su artículo ’La región más transparente…por dos días’, la Ciudad de México, esa capital, ese D.F., forma parte de nuestra historia, pero, también, esa ciudad-estado con la tendencia de sus gobernantes y su afán de centralizar todo, produce una agridulce sensación de que este no es el camino que esperábamos y que paulatinamente somos testigos de un federalismo agonizante. Pero, eso será tratado, con su venia, amable lector, en una segunda parte. sergiocastro6@yahoo.com
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