Rodolfo Villarreal Ríos
LA YEGUA COLORADA TUVO LA CULPA
Rodolfo Villarreal Ríos
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Marzo 11, 2016
22:01 hrs.
Periodismo ›
Rodolfo Villarreal Ríos › guerrerohabla.com
Aquella mañana, la mayoría de los casi ocho mil habitantes del pueblo no acababan de despertar. Eran acompañados por un sol perezoso que se negaba a aparecer y dar la réplica a un ambiente helado. La noche anterior, la lluvia no paró. De los techos colgaban congeladas lo que antes fueran gotas. En las calles, si pavimentar, los hoyancos servían de moldes para que se formaran figuras caprichosas que convertían aquello en una pista de hielo de aspecto singular. Ni siquiera las rezanderas tempraneras desafiaban al clima y la calle real lucía desierta, al parecer esa mañana el sacerdote habría de oficiar solamente para el sacristán. Ello no había impedido que, a cuatro kilómetros al norte del pueblo, un estadounidense, originario del estado vecino al otro lado del río, cumpliera con su rutina diaria. Acomodó los recipientes, trepó al carretón tirado por un caballo y se dirigió hacia el pueblo. El contenido de aquellos botes habría de entregarse de puerta en puerta, era la leche que, previamente hervida y una vez retirada la nata, no faltaba en ningún desayuno. Quien la distribuía no sabía lo que le esperaba en el año por venir.
Eran los días iniciales de febrero de 1904, la vida en aquel pueblo fronterizo trascurría entre cansina y apacible. Mientras las mujeres quedaban a cargo del hogar y los hijos, los hombres iban en busca del sustento. Unos, sacándole los frutos a la tierra ya que entonces, por allá, la agricultura y la ganadería sí daban para comer. Otros, estaban dedicados a las transacciones de compra-venta. Algunos más laboraban en el ferrocarril que día con día crecía en importancia. Y por supuesto no podían faltar los empleados federales, especialmente los del resguardo aduanal y los de ’la acordada’ quienes vigilaban los caminos. La vida, se desarrollaba en tres tiempos. La labor desempeñada durante la mañana hasta el mediodía cuando regresaban a casa a comer tras lo cual tomaban una pequeña siesta para después retornar al turno vespertino que no iba más allá de las seis de la tarde cuando volvían para cenar. El tercer tiempo, se daba bajo las penumbras de la poca iluminación que proporcionaban las lámparas de aceite instaladas en una esquina si y otra no. Ello no impedía a los hombres irse a reunir con los amigos. Unos, los de mayores posibilidades económicas, acudían al club. Otros, los más, utilizaban las cantinas como centro de tertulia y no necesariamente de embrutecimiento. Y fue en estos sitios en donde, entre copa y copa, empezó a formarse la leyenda de que quien apaciblemente repartía leche cada mañana, tenía entre su ganado una yegua de piel colorada con gran alzada la cual decían, quienes la habían visto, cuando corría parecía que sus patas no tocaban el suelo.
Una de esas noches, entre los parroquianos asistentes a uno de tantos sitios de ’beberacua’ estaba un ciudadano ibérico quien se preciaba de poseer el corcel más rápido del pueblo y lugares aledaños. Como ya para entonces había escuchado sobre las virtudes de la yegua mentada, sentía su orgullo lastimado y quería aplicar a su equino lo que dijera años antes un torero paisano suyo: ’Después de mi naide y después de naide…’ Por ello, preguntó quien era el propietario de su rival potencial y en donde podría encontrarlo. Aquello no era un secreto y pronto le dieron los informes requeridos. Larga se le hizo la noche y, a media mañana, abordó un coche de sitio pidiéndole al conductor lo llevara rumbo al norte del pueblo.
Cuando llegó al lugar, solamente encontró a la esposa de quien buscaba. Ella, le informó que su marido aun no regresaba de realizar las entregas y no sabía cuanto mas tardaría en arribar. Como aquello no era de regresarse y dejar el asunto para otro día, le dijo a la mujer que esperaría ahí afuera a lo cual encontró una respuesta afirmativa, mientras la dama regresaba a realizar sus labores diarias. Durante más de una hora, el ibérico hubo de soportar los rigores de una ventisca que casi lo hacen desistir de su empresa. Sin embargo, pudo más el orgullo auto herido y aguantó hasta que quien buscaba llegó. Apenas sí se presentó. Sin más, el ibérico retó al estadounidense. Le dijo haberse enterado que andaba presumiendo por ahí de poseer la yegua más rápida de los alrededores y que eso para él era una afrenta. El estadounidense, sorprendido, le respondió que él no era responsable de los decires, pero que efectivamente su yegua era singular. Sin mediar nada mas, el ibérico lo retó para que el domingo se fueran a los terrenos, ubicados al poniente del pueblo, propiedad de otro estadounidense quien era originario de la entidad ’en donde comienza el oeste,’ y ahí de una vez por todas dilucidaran quien poseía el corcel mas rápido. El distribuidor de leche lo pensó un rato y finalmente decidió aceptar el desafío. La hora señalada eran las diez de la mañana del domingo 14 de febrero, el día era fortuito, los mercaderes aun no lo habían instituido como fecha amelcochada. Sellaron aquello con un apretón de manos, pero decidieron que para darle seriedad, los contrincantes habrían de acudir ante un abogado y ahí firmar un contrato en donde estipulaban que en dicha carrera estarían en juego 5,000 pesos, suma que entonces era un mundo de dinero. Apenas retornó al pueblo, el ibérico se encargó de dar a conocer el compromiso. Aquello, se convirtió en la comidilla del día tanto en el pueblo como en el vecino al otro lado del río.
Todos querían ser testigos del hecho y pronto empezaron a casarse otras apuestas. Ni siquiera esperaron a que los propietarios de los contendientes formalizaran aquello, lo cual se realizó al día siguiente. Cuando llegó a los oídos del presidente municipal, un coronel que ejercía el mando como señor de horca y cuchillo, este decidió que no permanecería al margen. Amante de todo lo que implicara velocidad, años mas tarde sería el primero en poseer un auto en el pueblo, mandó llamar a un subordinado a quien le dijo que fuera por ahí y cazara apuestas a favor de la yegua del ibérico, por los montos ni se preocupara los aceptaba por cualquier suma. Y mientras eso sucedía, todos olvidaron un detalle pequeño. Nadie se preocupó por avisarle al propietario del escenario en donde potencialmente se efectuaría el evento. Este, de manera prudente, nada dijo y solamente se convirtió en espectador de los comentarios que surgían por todos lados. Sin embargo, un par de días antes del evento, decidió notificar a su paisano que no les prestaría el terreno y que para impedir el acceso colocaría una cerca de púas. Aquello cayó en oídos sordos y así llegó el domingo por la mañana.
Tras de cumplir con sus obligaciones religiosas, los hombres fueron a dejar a sus familias a casa y tarde se le hacia para enfilarse rumbo al poniente del pueblo. Mientras tanto, provenientes del otro lado del río un número importante de carretas cruzaban el puente de madera que crujiente apenas soportaba aquel embate. Uno tras otro, fueron llegando al sitio y encontraban que estaba circundado por una alambrada de púas. Creyeron que era la delimitación del sitio en donde se efectuaría la carrera. El estadounidense y el ibérico habían arribado temprano con sus animales. El presidente municipal, se paseaba orondo y aceptaba cualquier apuesta que le hicieran. Sin embargo, como no había quien diera acceso al sitio, la autoridad ordenó a un par de sus canchanchanes que procedieran a quitar el obstáculo. De pronto, apareció un joven estadounidense, era el sobrino del propietario, quien les cuestionó porque que lo hacían. A gritos respondieron que para efectuar la carrera parejera. Como replica, les dijo que por instrucciones de su tío no se les permitiría el acceso y que eso ya había sido informado, días antes, al estadounidense propietario de la yegua colorada. Aquello enardeció a los asistentes, pero quien mas indignado estaba era el presidente municipal, sentía que su autoridad era burlada. Acto seguido ordenó a un mulato de más de dos metros de altura, quien actuaba como su guardaespaldas, que tomara cartas en el asunto y armado con un sable, la emprendió en contra del joven portavoz a quien inflingió golpes por todos lados. Posteriormente, en medio del desorden imperante, dos jenízaros intervinieron y sometieron al estadounidense a quien le confiscaron la yegua. Ataron a los dos hombres y los tiraron al carromato que hacia las veces de carro de policía al cual asieron a la yegua.
Ya en la cárcel, el presidente municipal ordenó que se mantuvieran incomunicados a los extranjeros. Argüía que el estadounidense se había burlado de todos por temor a que su animal fuera derrotado y por lo tanto urdió el engaño junto con su paisano. Ante ello, amigos y familiares de los afectados fueron a pedir el auxilio del cónsul estadounidense en la localidad quien presto acudió a solicitar informes. Le fue negada toda información y por supuesto el acceso a los arrestados. Suerte similar correría la esposa del inculpado principal. Cartas fueron y vinieron junto con oficios dirigidos al juez primero de letras. Como escribiera un gacetillero a sueldo quien lo hacia en un periodiquillo que proclamaba ser vocero socialista, ’la autoridad política fue victima de leso respeto.’ Eso merecía un castigo ejemplar. Y mientras los estadounidenses sufrían las inclemencias del tiempo y la escasez de alimentos, a la yegua no le faltaba pastura que comer y una paja en donde echarse. Finalmente tras cerca de tres semanas los reos fueron liberados y cada quien volvió a su rutina. Aquello quedaba en el anecdotario del pueblo, excepto que la yegua se quedaba bajo resguardo de la autoridad.
Trascurrió casi un año, era el 12 de febrero de 1905, cuando el presidente municipal empezó a echar gritos desaforados en su despacho, el jefe de la policía le informaba que la yegua colorada había desaparecido. Eso era el colmo, el jefe de la comuna se sintió burlado e inmediatamente acusó que aquel atropello había sido obra del estadounidense propietario del animal. Inmediatamente ordenó que fueran por él y lo trajeran para refundirlo en la cárcel. Y allá van en busca del inculpado. Cuando llegaron, solamente encontraron al hijo quien regresaba de realizar la entrega diaria. Preguntaron por su padre y al obtener respuesta negativa estimaron que no regresarían ante el jefe con las manos vacías y cargaron con el joven en medio de los gritos de la madre quien protestaba por el atropello. Un par de días después, con el joven encarcelado, regresó el estadounidense quien, en viaje de negocios, tenía más de una semana fuera del pueblo. Tras recibir la noticia, acudió ante las autoridades quienes sin mediar palabra lo atraparon y lo aventaron para que fuera a compartir mazmorra con el hijo. Ahí no pararían las cosas, al día siguiente, los jenízaros estaban al acecho y cuando vieron pasar el carretón repartidor de leche procedieron a detenerlo y al conductor se lo llevaron a la cárcel. Aquello era el colmo, el atrapado era un niño de trece años, hijo y hermano de quienes ya estaban a la sombra. La madre acudió ante el cónsul clamando justicia, en el pueblo no se hablaba de otra cosa sino del atropello. El cónsul pidió instrucciones al cónsul general quien despachaba en la capital del estado vecino. El asunto trascendió la embajada en la capital de la republica y llegó al departamento de estado en donde los responsables procedieron a ordenar al comandante del destacamento militar que se encontraba al cruzar el río que se fuera preparando por si era necesario intervenir con algo más que palabras.
Mientras tanto, el cónsul en el pueblo procedió a buscar ciudadanos de trayectoria intachable para que avalaran que los detenidos eran personas honorables. Acudió ante un medico, quien años mas tarde seria presidente municipal, para que lo ayudara. Dado el respeto de que gozaba pudo lograr que los policías, sin que sus jefes se enteraran, les permitieran a él y al cónsul acceder a las crujías para entrevistarse con los detenidos. Ahí, el cónsul les tomó declaración a los mayores. Sabedor de cómo se las gastaban, hizo que las escribieran de puño y letra en papel oficial del gobierno estadounidense. Posteriormente, buscó al banquero del pueblo, otro medico y un empleado del ferrocarril a quienes solicitó dieran fe de la buena conducta de los apresados injustamente, lo cual hicieron plenamente convencidos de manera explicita. Mientras tanto, en un acto magnánimo, la autoridad decidió dejar en libertad al menor, pero mantuvo en resguardo el carretón así como los recipientes con todo y el producto. Finalmente, el 7 de marzo, el juez primero de letras decidió escuchar sobre el caso en donde el principal acusado logró demostrar que la noche en que desapareció la yegua, él no estaba en el pueblo, su hijo no había salido del rancho y jamás había vuelto a ver a la yegua colorada desde hacia mas de un año. Como no era cosa de dejarlos ir así como así, les impuso una multa de quinientos pesos a cada uno, acusándolos de ’distribuir leche sin tener el permiso firmado por el señor presidente municipal.’ Mientras tanto, en los patios de la cárcel, el aroma a jocoque era ya insoportable. Ni siquiera las bajas temperaturas lograron preservar el producto, un mes era demasiado tiempo.
Ante el incidente relatado, los representantes diplomáticos estadounidenses en el país no acababan de explicarse aquello, sentían que en ningún otro sitio del territorio nacional existía una animadversión similar de parte de las autoridades hacia los ciudadanos de su país. Sin embargo, en aquella población fronteriza, el presidente municipal aun buscaba como vengarse de todo aquel que viniera del norte, los hacia responsables de lo acontecido en 1847 y por lo tanto deberían de pagar por ello. Y respecto a la yegua colorada, desparecida misteriosamente una noche de febrero de 1905, la cual casi causa algo más que un diferendo diplomático, pastaba feliz en un potrero al otro lado del río, nadie supo como llegó allá. Pronto en el pueblo, alguien andaba estrenando el primer vehiculo motorizado que por ahí circulaba. Pero eso es historia de hace mas de un siglo, el evento ya ni quien lo recuerde. El pueblo, se transformó en ciudad y de aquello nada queda. Sin embargo, hay quien dice que sí se dan una vuelta por ahí pueden encontrar algo que los podría hacer recordar aquellos tiempos y no necesariamente es la presencia de una yegua colorada como la que ocasionó aquel problema diplomático. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (1): Hace unos días, al esperar abordar un vuelo, nos percatamos que por ahí andaba el equipo de panbol, los Diablos Rojos de Toluca. Mientras observábamos el entorno, advertimos que aficionados panboleros, de todas las edades, una y otra vez se acercaban para tomarse el ’selfie’ lo cual nada tiene de extraño, lo raro era que unánimemente a quien buscaban no era a ninguno de los integrantes en activo, sino al entrenador, José Saturnino Cardozo quien la última vez que jugó en México fue hace once años. Un ejemplo de la crisis panbolera, los jugadores actuales poseen una personalidad tan abrasadora como el dedo meñique del pie izquierdo.
Añadido (2): Por un lado, el saludo de los panboleros y aficionados universitarios hace recordar el de las juventudes que portaban camisas cafés en la Alemania de los 1930s-1940s. Por otro, el gigoló-cobarde-nazi-sinarquista es el autor del lema que aparece en el escudo de la universidad y hay quien dice que en el original se leía: ’Por mi Raza hablará el Espíritu Santo.’ Hasta pareciera que nos referimos a la primera universidad privada de México y no a la inicial que lo fue pública.
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