Hablemos de productividad, competitividad o “los culpables de siempre”/ II de II


Sergio Enrique Castro Peña

Hablemos de productividad, competitividad o “los culpables de siempre”/ II de II

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Diciembre 09, 2015 18:24 hrs.
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En seguimiento a los planteamientos expuestos en la colaboración anterior, en la cual apuntábamos que el Instituto Mexicano de Competitividad (IMC) subscribía la existencia de un estado de competitividad baja en el país debido casi exclusivamente a la presencia de una sola variable, la corrupción, reafírmanos nuestra perspectiva de que ello lo cual constituye un error metodológico, por decir lo menos. Darle a la un sesgo político o ideológico, sin definirlo inicialmente convierte la postura del IMC en algo poco confiable y más cuando se quiere limitar las conclusiones a la administración de una sola corriente política o fundamentarla únicamente en información de organismos internacionales. Entendemos que con ello quiera apoyar sus dichos y enviar el mensaje de que sus conclusiones están sustentadas en información supuestamente imparcial. Sin embargo, los hechos han mostrado que esa postura no tiene mucho fundamento y que la información producida y difundida, los tiempos también cuentan, no está carente de sesgo.
Como punto de partida, consideremos que el objeto primordial de una empresa, se puede ampliar el concepto a todos los actores de la sociedad sin menoscabo del mismo, son la obtención de ganancias. Ese es el objetivo que determina las estrategias y acciones primarias a seguir. Las ganancias y, lo que es más relevante el porcentaje de las mismas con respecto al total de los ingresos obtenidos o los montos invertidos.
Dentro los factores que intervienen en la determinación de la capacidad de obtener un nivel de competitividad y que inexplicablemente el estudio omite, es lo correspondiente a los mercados donde se desarrollan las actividades, en este caso México y de que tipos de mercados estamos hablando. Una clasificación amplia, pero aceptada, es la siguiente: mercados monopólicos, donde existe un solo comprador o un solo vendedor y que pueden influir y determinar el comportamiento del mercado; mercados oligopólicos, constituidos por un pequeño grupo de dos a cinco vendedores, compradores, productores o distribuidores y que tienen una incidencia significativa en los mercados; y, mercados de competencia, en donde ninguno de los participantes, tanto como consumidores o como productores de bienes y servicios constituyen un peso tal, que pueda distorsionar el mercado en cuestión.
Respecto a lo anterior, debemos remontarnos a los tiempos cuando nació el concepto de mercado, tenemos que empezar con las teorías formuladas por Adam Smith quien es considerado el padre de la teoría económica. Smith exponía que para que toda la sociedad pudiera gozar de los beneficios de los bienes y servicios producidos estos deberán ser ofertados al mejor precio y con el pago a los factores productivos más adecuados. Para que esto exista, se requiere que los participantes, ya sean consumidores o productores sean, en número, lo suficientemente grandes para no influir en el funcionamiento del mercado. A eso, se le llama un mercado operando bajo la premisa de “competencia perfecta”. Esto es, al precio y la cantidad de la demanda y la oferta que ese mercado, sin ser interferidos por ninguno de los factores que intervienen en su proceso y por lo tanto en la determinación del precio final de los productos o servicios establecidos por la demanda, que conforman los consumidores, y la oferta, que agrupa a todos los productores, es el mejor posible.
Lo anterior, nos muestra que la existencia de un mercado con competencia perfecta, es una idealización no una realidad, un parámetro. Entre más cerca esté una sociedad o una economía de un mercado perfecto, mayores beneficios se obtendrán y a medida que se alejen también los beneficios de la sociedad disminuirán, lo mismo que el nivel de bienestar, de distribución del ingreso – niveles de pobreza -, productividad y por lo tanto de competitividad. Por lo cual, también es un parámetro que nos indica como está constituida una sociedad y como apoya o violenta a sus instituciones en el plano político, económico, legal y entre las interrelaciones dentro de la sociedad.
Una sociedad dentro de un sistema monopólico o cuasi-monopólico, tanto en lo político o económico o de movilidad social, difícilmente podrá aspirar a una distribución justa del ingreso, la educación, justicia, salud, economía productiva y competitiva, y por lo tanto exenta de bajos niveles éticos, de corrupción y seguridad.
El nivel de ingreso y bienestar, pero sí su distribución, no son condiciones inmutables para erradicar, desaparecer, eliminar la corrupción. En lo que sí contribuyen es a disminuirla a controlarla, el temor a la sanción es mayor, máximo si estas sanciones implican perdida de sus bienes o su libertad, el costo de realizarlas es superior a los beneficios que se puedan obtener. Los puristas de la anticorrupción, en su afán por fundamentar sus tesis, señalan que la corrupción no forma parte de nuestro ADN, principalmente los mexicanos, con ello caen en una corrupción, de otro tipo, la intelectual. Dentro de nuestro ADN, no solo la de los mexicanos, esta incrustado el gen de la supervivencia que guía nuestras acciones con el único fin de no morir, no desaparecer, de sobrevivir, de evitar o sobreponer situaciones de peligro, cualquiera que estos fueran. A las acciones o reacciones a estas situaciones se les conoce como el “instinto de conservación”.
Lo anterior, nos hace recordar que, con el pasar del tiempo, las sociedades han comprendido que, en su afán de lograr estadios superiores de desarrollo, requieren de nuevos elementos normativos, legales y de control que sirvan de contrapeso a la intensidad de supervivencia de unos individuos que la naturaleza o su entorno les asigno, por lo que son más aptos o fuertes con respecto a otros, permitiéndoles a los menos afortunados competir en un plano igualitario y enfrentar las cambiantes circunstancias.
Al hablar de productividad baja, de crecimiento escaso, de carencia de competitividad o de falta de un sector educativo real, de un atraso en la investigación, de una seguridad raquítica, salimos a buscar la causa o los culpables de esas deficiencias y nos circunscribimos a identificar y culpar a una variable, importante pero no taxativa, como es la corrupción. Sin embargo, dejamos de lado el contexto en donde nace, se incuba y se desarrolla. Este es lo relacionado con todas las redes poder, que mueven esa “trenza dorada” que configuran los elementos y piezas de lo que llamamos, peyorativamente “las fuerzas reales” o “fácticas.”
Se reconoce que no solamente la existencia de mercados determina la elasticidad y movilidad de una sociedad, en lo económico, los sistemas de producción, y sus cadenas de valor sino también el carácter de sus principales actores: en lo religioso, lo político, lo económico, lo familiar y lo social. Sobresaliendo, en lo religioso la Iglesia Católica Apostólica y Romana, con gran influencia, si no es que caen totalmente bajo su círculo de poder las ONG; las asociaciones –cúpulas- empresariales; las redes familiares –una pequeña mirada a los nombres de las familias prominentes en la actualidad encontraremos que los nombres sobresalientes no han cambiado; de igual forma los sindicatos, movimientos sociales y los partidos políticos establecidos. Sin embargo, debemos tomar en cuenta que como todos el “cuerpo social” determina y está determinado por sus actores principales y la forma o reglas –escritas o no- que regulan su operación y sus élites. Esas reglas e interrelaciones de los grupos que constituyen las élites, son identificadas, por algunos politólogos, como las “redes, los nervios de poder”, por nuestra parte preferimos nombrarla “la trenza dorada del poder.”
Las interrelaciones entre religión-familias-dinero-política-poder constituyen el real “círculo virtuoso”, no en el sentido de la castidad, sino de la experiencia, de lo aprendido a lo largo de generaciones. Tratar de equiparar las acciones donde está involucrado el dinero, con actividades de carácter moral, no solo es un error involuntario o ingenuo, es simple y sencillamente corrupción intelectual. Pretender, que la corrupción es una creación espontánea, libre de una causa primaria, de un medio y actores que no solo la hacen propicia, también, la protegen y la fomentan.
En los tiempos de la Colonia, cuando la corona de España quería establecer y afianzar su dominio, aparte de su política de “evangelización”, se estableció el sistema de otorgar autorizaciones exclusivas para cobrar permisos e impuestos a la comercialización o producción de determinados productos. A este sistema se le identifica como alcabalas y se otorgaba a los nobles o notables que el gobierno quería premiar. De igual forma podemos encontrar el otorgamiento de anuencias exclusivas para importar o comercializar ciertos productos, lo que en la actualidad identificamos como concesiones. Tanto ayer, como hoy, el otorgamiento de estos beneficios, cargos y permisos, son dados por el gobierno, pero su proceso tiene que pasar la criba de la moralidad, de las buenas costumbres, del origen y relaciones familiares, políticas, económicas, ya que todo forma parte de esa trenza dorada.
El corazón de la corrupción no lo podemos encontrar en el simple acto de sobrevivir, no en nuestro afán de desarrollarnos, sino en la avaricia de poder. Encontraremos las causas primigenias y los actores aglutinadores, en esa red de intereses y sus integrantes, que han mantenido cohesionado sus ideales y estrategias. El crecimiento o mejor dicho el desarrollo no es un estado automático, es el resultado de sucesivas respuestas innovadoras, mayormente de un “grupo líder”, no necesariamente uniforme, que engloba y transforma la pluralidad del pensamiento de toda una sociedad. De igual forma, cuando los intereses y las expectativas de esa minoría no evolucionan y ese desarrollo es detenido, en lugar de impulsar, al anteponer sus intereses a los generales, se constituyen en un escollo. Se convierten en una sociedad con estrategias de petrificación económica, política, de inmovilidad, comandada por instituciones que no transforman su actuar, sus objetivos, solo se acoplan a las situaciones cambiantes.
Nuestro caso, México, existe una institución que proviene desde la época de la conquista, permaneciendo en la esencia misma de nuestra cultura, es la Iglesia Católica Apostólica y Romana. La cual, dentro de un proceso retiro-retorno, ha sabido adecuarse a los tiempos. Ello partió de la pérdida del poder civil y económico, los cuales al no poder recuperarlos por medio directos, enfocó sus estrategias a campos conocidos, pero no vedados, como son la educación y la salud. Mientras, se convertía en un catalizador para dispensar estrato social y acceso económico y político a ese engranaje llamada la “trenza dorada”.
En el tejido de ese enredo, procedió a utilizar la educación privada como incubadora de dirigentes, cubriendo todos sus niveles, convirtiéndola en el vehículo de captación, formación y creación de las redes de poder que producirán los “líderes” o “grupos líderes” que tendrán la función de reproducir su visión particular para insertarla nuestro país. De las principales universidades privadas, salvo el Tecnológico de Monterrey, un buen número pertenecen o están relacionadas con diferentes órdenes o corrientes dentro de la Iglesia Católica. Así tenemos, las Universidades Anáhuac, Iberoamericana, ITESO, Panamericana, La Salle, Autónoma de Guadalajara, la Escuela Libre de Derecho y varias más. Entre las órdenes religiosas o grupos relacionados con las mismas encontramos a Los Legionarios (millonarios) de Cristo, orden fundada por el pederasta Marcial Maciel Degollado, los Jesuitas a la cual pertenece el Papa Francisco, el Opus Deis, los Lasallistas, los Franciscanos mezclados con los herederos de la Cristiada y el Sinarquismo, y otras ordenes cuya influencia educativa se mueve en el espectro de primaria a preparatoria como es el caso de los Maristas del CUM. Pero la influencia religiosa no se circunscribe a centros educativos, también la encontramos en diversas Organizaciones No Gubernamentales tales como Pro Vida y Fundación Padre Proo, sin olvidar que igualmente actúan como Don Carlos (aquel de Neto y Titino, no el otro) con algunos dirigentes de las Comisiones de los Derechos Humanos. En lo político, sus representantes más visibles los encontramos en el PAN y en el grupo denominado “El Muro”.
La lucha actual en México, como mencionamos anteriormente, se desarrolla entre las cabezas visibles de la política, el Opus Dei y el Papa Jesuita cuya visita a México no tiene nada de pastoral. El objetivo final no se circunscribe a lo ideológico. Sus alcances cubren la recuperación, no solamente del poder ejecutivo, también abarca el posicionamiento de los diversos puestos de poder como la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en los principales organismos electorales e inclusive en la, tradicionalmente laica, UNAM. La pelea, está montada, señores: “Cierren las puertas y hagan sus apuestas. Ya viene un colorado disfrazado de blanco quien, portando navaja libre, está dispuesto a enfrentar al gallo tricolor.” sergiocastro6@yahoo.com


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