Sergio Enrique Castro Peña
Hablemos de ardides, discriminación o de estrategias políticas
Plata Pura
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Enero 01, 2016
10:59 hrs.
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Es común escuchar que la política es una extensión de la guerra. Tal afirmación se deduce de la terminología heredada por el ámbito de la política, de su génesis la guerra. En ella nos encontramos con términos como: estrategias, tácticas, planes, combates, reclutar, conocer el terreno, etc. En pocas palabras buscar las debilidades del enemigo, como minar el terreno donde se desarrolla el combate, desalentar a los contrarios, empañar su imagen y objetivos, o bien estropear y deteriorar sus recursos. La guerra es el instrumento utilizado para desplazar a un gobernante o conquistador que se apropió de la tierra, los recursos materiales y humanos de un espacio dado y la única forma de retornar al estado original, liberarse, es a través del uso de la violencia.
Nuestra historia, como especie humana, no puede comprenderse o explicarse sin la lucha, mayoritariamente violenta, entre congéneres para arrebatar lo que unos tienen y que, otros ambicionan. Así, creamos reinos, imperios, países, estados y ciudades. A la vez, creamos, gobernantes o tipos de gobernantes y sus características. Esto es, teorizamos sobre las formas de conquistar, controlar, gobernar a un territorio, sus recursos y primordialmente a su población y de igual manera las clasificamos y valoramos.
Los estudios más antiguos sobre las estrategias o formas de apropiación, ya sea por la vía violenta o en forma pacífica, los encontramos en un escrito, “El Arte de la Guerra,” el cual se atribuye a Sun Tsu y que data aproximadamente del año 500 A.C. En trece capítulos, el autor describe los pasos a seguir para conquistar, primero, gobernar o administrar, en segundo término y, finalmente, como conservar lo obtenido. Si bien es cierto, el libro fue escrito para conquistadores, gobernantes o generales, en la actualidad su utilidad ha sido difundida a los campos de la administración, la economía, el mercadeo y obviamente, a la política. Pero ante todo, “El Arte de la Guerra,” se enfoca en la utilización de la inteligencia para vencer a un enemigo, al menor costo posible, de cómo engañarlo, de como el mejor uso de la astucia puede otorgar la victoria y con ello lograr los objetivos planteados.
La política, como una extensión de la guerra, no solamente toma de ésta la terminología, sino que, también, se apropia de sus estrategias y su proceder. Ese contexto lo encontramos en las actividades que los partidos políticos y sus militantes desarrollan en los espacios intermedios entre las elecciones. Primero, en las escaramuzas internas, tendientes a definir los liderazgos que posteriormente guiaran a todos los probables seguidores a la lucha que se realizara en las elecciones. Tal como se actúa en una guerra, primero, se trata de obtener el mayor apoyo posible de aliados, provenientes de organizaciones políticas, sindicales, del sector productivo, grupos empresariales, organizaciones no gubernamentales, religiosas y hasta del exterior.
“El Arte Supremo de la Guerra” es el de superar a un adversario, vencerlo, eliminarlo sin tener que oponérsele de frente. La violencia, se transforma en una estrategia de apoyo secundaria que nunca desaparece, dejando el campo a métodos más psicológicos que físicos. Por tal motivo, en la lucha política, donde su campo de acción toral y más visible esta normado por un marco establecido por los jugadores, los partidos políticos, sigue un camino, diferente para cada uno de ellos. En ese contexto, serán distintas las estrategias electorales y políticas cuyo objetivo es obtener, mantener o seguir participando el ámbito del poder y del dinero. En esta lucha, las acciones de violencia, así como los acuerdos no contemplados o aceptados por esas normas, se realizan pero como estrategias de sigilo. El objetivo es confundir no solamente a los contrincantes sino principalmente al factor más importante, aunque con menor participación directa, al ciudadano, al elector.
La variedad de estrategias de carácter psicológico es amplia y variada incluyendo los estudios sobre la conducta y nuestro reflejos no solo innatos sino también son condicionados por el medio donde nos desarrollamos y los cambios que estos tienen o son producidos artificialmente para reforzar una posición, principalmente en una lucha electoral. Pero, para nuestro objetivo, que es el del análisis de las estrategias más utilizadas por los partidos políticos y por los políticos mismos, nos limitaremos a los sentimientos de discriminación y el de engaño. Esta decisión no es fortuita, los elementos principales que participan, tanto en una guerra física como en la política son los seres humanos, a ellos se les quiere conquistar, convencer, utilizar pero ante todo adherir, partiendo del supuesto de que la motivación principal que nos mueve es la obtención de un beneficio que se logra con apoyar o rechazar una idea, un líder, un partido, a un gobierno.
Dado lo anterior, iniciaremos con el sentimiento, algunos dirían complejo, de discriminación, léase también de inferioridad. Esta actitud de sentirnos relegados, no solo en los aspectos de la repartición de las recompensas, también en la de las oportunidades, del desconocimiento de las reglas, de las condiciones para jugar en ese mercado de las grandes recompensas, en donde la palabra igualdad adquiere tantos significados, no solamente en la forma en que se utiliza, sino en la forma de representatividad más generalizada, donde las habilidades y conocimientos son cribados en un confuso e indefinido esquema meritocrático. Podemos suponer, en los aspectos más prosaicos: es su amigo, su amiga, su incondicional o ya le tocaba. De cualquier manera, en toda decisión tomada en donde sentimos que injustamente fuimos excluidos o no nos tomaron en cuenta, el fantasma de la discriminación, de la desigualdad, de la injusticia reaparece y ronda en nuestra actitud hacia esa situación. No obtenemos lo que esperamos, otros sí, se nos excluyó por lo que somos susceptibles de aceptar todo aquello que nos parezca modificara nuestras expectativas, que desaparecerá esa sensación de que “no todos somos iguales”.
Sin embargo, ese sentimiento de desigualdad también nos proporciona un escape de responsabilidad, “no tenemos la culpa, de lo que nos pasa”, son “otros los culpables.” Con este bagaje ideológico, se obtiene el combustible que no solamente sostiene a las corrientes opositoras, legalmente establecidas, sino de igual forma a aquellas que actúan fuera o en la delgada línea que las separa de la ilegalidad: las corrientes utópicas o anárquicas.
El concepto de lo utópico se remota, como casi todas las cosas que pensamos son novedosas a los inicios de la historia. Así, podemos encontrar los relatos del “Del Huerto del Edén” en donde los primeros humanos, de acuerdo a la narración bíblica, vivían en un ambiente agradable, sin sobresaltos y que todo lo que pudieran desear estaba al alcance de sus manos, no existía el esfuerzo, solamente había que desearlo para obtenerlo. Posteriormente, en los años dorados de la cultura griega, la idea fue retomada por el filósofo Platón en sus “Diálogos,” entre los cuales encontramos un par titulados, “La República” y “La Atlántida”. El primero es un tratado espléndido sobre el gobierno y la constitución de las sociedades. El segundo, mucho más conocido, trata de una civilización perfecta, perdida a causa de una catástrofe natural y la cual hasta nuestros tiempos no ha sido encontrada.
A la caída del Imperio Romano y la asunción del cristianismo, principalmente la Iglesia Católica, se retoma la idea de recuperar El Huerto del Edén, perdido por la desobediencia de Adán y Eva. Primero, Jesucristo fue quien la planteó. Posteriormente, seria ampliada y desarrollada por teólogos, filósofos y estudiosos, entre los que destacan: la “Utopía” de Tomas Moro; “La Ciudad de Dios” de San Agustín; “La Nueva Atlántida” de Francis Bacón; el discurso de Jean-Jacques Rousseau sobre “El Origen de la Desigualdades entre los Hombres;” en “El Paraíso Perdido” de John Milton; “ la concepción que Karl Marx tenía sobre la dictadura del proletariado; ” y el concepto planteado por el liberalismo económico de la competencia perfecta”. En todas ellas, podemos encontrar un elemento común que lleva implícito la existencia de una “sociedad perfecta y justa, donde todo discurre sin conflictos y en perfecta armonía”, una utopía. De igual forma, el logro de este estado ideal lleva consigo la premisa de que su obtención solo puede lograrse con y solamente sí se da la erradicación del orden anterior, la sustitución de un orden por otro de manera violenta, la cual lleva consigo, el caos, la anarquía. Y en este entorno, retornemos a nuestros días, aquí en el país en donde moramos.
Partamos del principio de que nada es más peligroso que un coctel que incluya los ingredientes de la discriminación, el engaño, la frustración y la idea utópica de que un líder puede por sí solo solucionar todos nuestros problemas. Pero, no solamente existen líderes, o la representación del ideal en un líder, también, y es lo más común en el mundo político, en organizaciones, supuestamente de centro con buenas intenciones que prometen soluciones simples y mágicas: erradicar la corrupción; sistemas de partidos –léase democracia-; gobiernos chiquitos; y, principalmente exterminar al PRI, origen y causa, dicen ellos, de todos nuestros males. Por ello, no son motivo de asombro las alianzas del PRD y el PAN, supuestamente opuestos diametralmente en sus plataformas ideológicas. Sin embargo, al responder el presidente del PRD sobre la razón de esa alianza, señaló: “queremos erradicar la cultura del dedazo, del PRI”. Respuesta que, desde nuestro punto de visto originó más interrogantes que respuestas. Sí, es una cultura dentro del PRI, ¿en qué les afecta al PAN y al PRD? O ¿Acaso tienen miedo de que se les pegue o lo que es más dramático, se vean como en un espejo?, o, lo que resultaría más trágico, que la gente se dé cuenta que ellos también deciden las cosas importantes, por medio del dedazo.
Cuando esa dudosa especie de mamíferos, llamados políticos, entran en acción y tratan de apropiarse y tomar ventaja del sentimiento popular, de las formas de ver y comprender un problema, de las soluciones que visualizan como ideales y absurdamente, esos políticos piensan que ellos fueron lo suficientemente sensibles y sagaces para percibir el nacimiento y las causas de esos problemas y por lo tanto de encontrar las soluciones y las formas de implementarlas, en favor, no de su beneficio, sino en la de la población que la manifestó.
De igual manera, no se puede aceptar que sin los políticos una sociedad pueda aspirar a la democracia. Sin embargo, tampoco es aceptable que el financiamiento de su existencia y operación sea, no un acicate sino un elemento para su solidificación y no en la formación de esa democracia que nos prometen para justificar el derroche de nuestros impuestos. Cuando, percibimos como la actuación pobre de los partidos políticos, y quienes los integran, está caracterizada por una imaginación limitada de propuestas para ser elegidos, en lugar de sus adversarios y se subscribe a señalamientos que, en la mayoría de los casos, tienen poco o nada de fundamento. No es posible, que el Instituto Nacional Electoral (INE) nos obligue a pagar estos espectáculos bochornosos, con todo el respeto a los profesionales de la farándula y, en el colmo del cinismo, nos quiera ahora convencer que todos estos casos y la gobernabilidad real, solo puede logarse con un sistema electoral que incluya “la segunda vuelta”. Total, como siempre decimos nosotros, “total, a ellos no les cuesta” o “hágase la voluntad de Dios, pero, en los bueyes de mi compadre”.
Nuestros políticos, pensando que en otros lares son diferentes, nos tratan como menores de edad, nos discriminan al pensar que somos menos que ellos; constantemente nos engañan, en complicidad con sus paladines o socios en ese negocio que llamamos sistema electoral. Entre ellos no creemos, por aquello de que “entre gitanos no se leen la mano”, sus estrategias, sus ardides, no tienen como finalidad de confundir a sus contrincantes, no, su objetivo primordial es sembrar dudas, inseguridad y desencanto entre los electores, nosotros. Y, parafraseando a un ex-presidente de la república: les pagamos, para que nos vean la cara de… y nosotros que lo aceptamos. sergiocastro6@yahoo.com
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