Le sucedió a Luis Walton
El pobre y el Diputado
Juan López
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Abril 26, 2015
23:34 hrs.
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Juan López › guerrerohabla.com
Juan López
Le sucedió a Luis Walton. En un camino de Chilapa, un grupo de asalto -a él y a su comitiva-, les enseñó el rostro de la violencia en Guerrero. La clase política no sufre con frecuencia este tipo de molestias. Una mueca indócil de la vida campirana en las zonas marginales y rústicas: ley de la selva donde quien tiene más saliva descerraja mayores balas. Cuando a un candidato se le aparecen gavillas en su itinerario confirma una realidad constante en la vida de las comunidades: la inseguridad sí existe, ruda la violencia tiene distintas formas de manifestarse. Veinte individuos armados con un equipo de fuego de alto poder y precisión, lanzagranadas incluidos y todo un arsenal en sus movilizaciones, a fin de que si no tramitan difuntos en el acto, cuando menos impongan el terror con este tipo de acciones en los comités de los candidatos y reincidan en precisar que no es un juego de recreación el que te encañonen y veas real, silencioso y sórdido que te coloquen un fusil en plena cara.
Me da pena el sucedido. Imposible festejar un atropello personal en despoblado. Ver la muerte a tan corta distancia no es ninguna travesura. Ni es de valientes asustar con ventaja y alevosía a unos ciudadanos que todo lo que hacen es proselitismo de su partido y su credo político. Lo que sí debemos advertir, a quienes apenas hoy sufren esta bestial ofensiva, es que el hombre modesto, el pobre. El asalariado, el ambulante, al que es fácil vejar y atormentar: peatón de mil desdichas. Siempre expuesto a este tipo de brutalidades. Ese es el menesteroso que nos debe preocupar.
Contra él se han cebado los explotadores, los intermediarios, los caciques, agiotistas y usureros que compran al tiempo: modalidad de adquirir a precio de rebaja cuando está verde, la fruta y verdura, que ya madura en su tiempo de cosecha valdrá cinco veces lo que ellos pagaron por anticipado.
A esa parte trasera de la sociedad, el látigo de la opulencia la ha sometido sin misericordia. El azote no es sólo el balazo que aniquila con tanta impunidad, ni el susto en la carretera solitaria a los que se aventuran a regalar promesas y dividendos de sueños. No. Es al pobre al que se le acumulan los perjuicios. Al hambre se le agrega la enfermedad, la desnutrición, el despojo de su mano de obra y por demás está la violencia. Esos cuerpos destazados que aparecen en las crónicas mortuorias pertenecen a esa clase sin nombre ni clase. A los olvidados, macilentos, harapientos, sin esperanza.
Ver el horror personalmente. Ser testigo de la maldad organizada, sentir el látigo del miedo en un cruce de destinos que a mitad del camino desierto se vuelve la peor barbaridad. Cuando se está ante el gatillo y su pavoroso mensaje, la única doctrina válida, cristiana, es aprender, sopesar, lo que vale la vida y desde entonces, ser otro.
Cambiar no de partido ni de membrete, ni de siglas ni de colores: cambiar espiritualmente frente a las injusticias, la desigualdad que corrompe toda mística. Entender que nuestro país y Guerrero no pueden continuar en una Arcadia para un regidor que gana 150 mil pesos mensuales -Mauricio Legarreta-, y un diputado local -Oliver Quiroz-, que se embolsa por su guapura medio millón de pesos cada mensualidad.
Si queremos erradicar la guerrilla armada que espanta a los candidatos, empecemos por modificar el estatus de que goza en exclusividad toda la clase política.
PD: “Dios desayuna, en la casa del patrón”: Atahualpa Yupanqui.
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