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EL PADRE DE LOS “CAMISAS ROJAS” / II DE II

RODOLFO VILLARREAL RIOS

EL PADRE DE LOS “CAMISAS ROJAS” / II DE II

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Julio 04, 2015 00:19 hrs.
Periodismo ›
RODOLFO VILLARREAL RIOS › guerrerohabla.com

El escrito de la semana anterior generó que un lector amable nos señalara: “¿Hablas del pasado o del tiempo actual?” Con dicha observación en mente, nos disponemos a elaborar nuestra segunda colaboración respecto al libro que sobre Tomas Garrido Canabal escribiera hace algunos ayeres Manuel González Calzada. Nos ocuparemos de su lado negativo (la anti religiosidad y “los camisas rojas”) así como el aspecto positivo de la administración garridista con algunos ecos que resuenan en el presente.
En medio de la leyenda negra está perdido el buen manejo de las finanzas públicas, en donde no existían los sobresueldos ya que los funcionarios tenían un salario que les permitía vivir decorosamente. En el texto de González Calzada enfatiza que “las fuentes principales de ingresos del Estado eran la exportación…del plátano roatán; la ganadería;… la elaboración de azúcar; la agricultura en general; el fomento de pequeñas industrias de productos derivados de la leche; el desenvolvimiento de la explotación de pieles, así como la industrialización de ellas y la exportación de coco y diversos productos frutales.” Con los recursos generados era posible impulsar la educación, lo mismo becando a quienes cursaban carreras en la capital del país como resultado de la importancia que Garrido Canabal daba a la educación desde los niveles básicos. Al respecto, González Calzada anota que, en aquellos tiempos, se logró alcanzar “la mayor difusión y adelanto técnico [en] las escuelas primarias, secundarias, normales y rurales.” Por supuesto que eso no surgió por generación espontánea, prevalecía una disciplina férrea y “fuera de los días señalados como festividades locales y nacionales, ningún otro holgaban maestros y alumnos.” Asimismo, “los maestros no conocían las huelgas ni las manifestaciones de protesta, ni las de adhesión. Diez meses del año se dedicaban a ganar el sueldo que cobraban, y otros dos a perfeccionar sus conocimientos cursando especialidades en la capital del estado.” Aquí, ni duda cabe que estamos hablando del pasado, hoy vemos como, ni los responsables de la gobernabilidad, ni las fuerzas del orden, ni los gobernadores respectivos, ni las autoridades educativas son capaces de obligar a los facinerosos que degradan la profesión de maestro a que retornen al aula y cumplan con su obligación. Al parecer, lo único en que se parecen los de ahora a los del ayer es en el hecho de que son poco dados a elevar su nivel de conocimientos. Los de Garrido carecían de espíritu de investigación y se concretaban a repetir la consigna del amo de negar sin ningún fundamento teológico la existencia de Dios. Como consecuencia, conforme a lo escrito por González Calzada, hubo “… niños que llegaron a preguntarse: ¿Si no hay Dios porque están los maestros todo el día hablando en su contra? Sin embargo, antes de ir a esto, vale la pena apuntar otro aspecto de ese pretérito garridista que como fantasma rondó en el acontecer del presente.
Esta semana leíamos como algunos malquerientes del secretario de agricultura, Enrique Martínez y Martínez, tergiversaron una nota y buscaron pintarlo como un promotor de la explotación laboral infantil en el campo. Sin embargo, a este ciudadano, con quien jamás hemos cruzado palabra, le podrán achacar todo lo que se quiera, pero de primera mano conocemos que no forma parte de los “atontejados.” Por ello, procedimos a buscar el discurso en cuestión y encontramos que sus decires fueron: “Encaminado a preservar la permanencia de las personas que trabajan la tierra en el área rural, incluyendo a menores de edad, la Sagarpa desarrolla un programa de campo llamado Arráigate. Para que nuestras propias familias, nuestros hijos en el campo se queden y lo disfruten…” Esto nos llevó a lo que en los tiempos del garridismo era práctica común, “en las escuelas al aire libre,…la agricultura no solamente se enseñaba a los alumnos en teoría; la práctica era entidad indispensable en la difusión de la materia.” Cada grupo de educandos tenía señalada una parcela; sembraban en común los granos que el gobierno les suministraba gratuitamente. Para estas labores, en las cuales empleaban una hora diaria, los alumnos usaban maquinaria moderna…aprendían a usar el arado, el tractor y toda clase de implementos necesarios para captar lo mejor posible la teoría que les era impartida.” Ante estos hechos, los de ayer y el de hoy, nos preguntamos ¿Por qué, ahora, en las zonas en donde ello sea propicio, no se incorpora como parte del programa educativo el aprendizaje del cultivo de la tierra? Esto no es ni explotación infantil, ni representa desdoro para nadie. Pero retornemos a Garrido Canabal quien precisamente al frente de la secretaria de agricultura alcanzaría la cresta y el valle político.
En los inicios del régimen cardenista, en el cenit de su poder, el tabasqueño fue llamado a encabezar la secretaria mencionada. Dicha fuerza era, en gran parte, resultado de su lucha en contra del fanatismo religioso. Bajo la premisa de que era necesario erradicar cualquier creencia extraterrenal, Garrido Canabal trato de sustituir un fanatismo con otro. Esto no era una novedad. En 1790, durante la Revolución Francesa, se promulgó la llamada Constitución del Clero mediante la cual se abolía el catolicismo y se obligaba a los sacerdotes a jurar lealtad al estado. Quien no lo hiciera no viviría para contarlo. El objetivo era sustituir el catolicismo romano con un remedo de religión nacionalista en la cual, entre otras cosas, se cambiaron los nombres de los meses y las estaciones del año, pero al final era lo mismo. El experimento fracasó y, en 1795, los franceses volvieron a practicar el catolicismo. Sin embargo, en Tabasco, aquello fue retomado durante los 1920s-1930s hasta llevarlo al límite de lo ridículo.
La niñez de Tabasco, apunta González Calzada, “no cantaba alabados a las deidades de la religión católica, pero se las cantaba a la deidad racionalista…” A la par, “nadie era libre de poseer una imagen religiosa, ya no digamos en su hogar, ni siquiera pendiente del cuello.” Los templos católicos fueron destruidos, las imágenes y figuras religiosas fueron quemadas y otras robadas para su venta clandestina. En esta exacción, ni los hogares se salvaban. Grupos de “camisas rojas’’ recorrían las calles y sin permiso previo se introducían en las casas en busca de cualquier vestigio de “santos, ’’ mismos que procedían a llevarse. El fanatismo era tal que los nombres cristianos fueron sustituidos por otros como: “más si osare,” “artículo 123,” “bandera nacional,” Lenin, etc. Quien tenía por apelativo Santiago, se convirtió en Dontiago. Una hacienda llamada San Pablo, cambiaba su nombre a Don Pablo. Los sacerdotes eran obligados a casarse y así hasta el infinito seguía el afán por exterminar un fanatismo para instituir otro. Confiado en que era posible trasplantar el modelo tabasqueño a la capital del país, al momento en que Garrido Canabal es nombrado al frente de la cartera de agricultura lleva a sus muchachitos a la capital. Veamos como habían sido constituidos en grupo.
En 1932, bajo el nombre oficial de Bloque de Jóvenes Revolucionarios, en Villahermosa, se aglutinaron estudiantes del Instituto Juárez a quienes se adhirieron empleados del gobierno, obreros y dependientes de comercio. El objetivo era oponerse a la campana política organizada por un enemigo de Garrido Canabal, Salvador Camelo Soler a quien derrotaron electoralmente. Las practicas militares fueron parte del proceso disciplinario del grupo que pronto se constituyó a lo largo de todo el estado dado que Garrido había ordenado a los presidentes municipales y encargados de recolectar rentas que organizaran a los jóvenes, entre 15 y 30 años, bajo esos principios al tiempo que los uniformaban “con pantalón negro, camisa y corbata roja y boina miliciana rojinegra.” Alfonso Bates Caparroso fue nombrado líder del grupo cuyos integrantes se “inauguraron” con una matanza en una avenida de Villahermosa. Y tras de cometer toda clase de tropelías en Tabasco, el 29 de noviembre de 1934, llegaron a la capital de la república. Ahí, cuenta González Calzada, “organizaron mítines en el Teatro Hidalgo y en Bellas Artes, [lo cual] culminó en tres jornadas semanales denominadas: Martes Agrícola, Jueves Ganadero y Sábado Rojo, en este último se dedicaba a la exégesis de la ideología de Garrido y a la exaltación de la personalidad de la juventud organizada que de él dependía.” Asimismo, Garrido publicaba en México un par de revistas “Cristo Rey (denostando el catolicismo) y “Juventud Roja” (portavoz del Bloque), más tarde apareció una con tema agropecuario, “El Rancho,” la cual adquirían obligatoriamente los empleados de la secretaría. En general, pocos miembros de la organización adoptaban una postura digna. Uno de ellos era Carlos Alberto Madrazo Becerra, quien “se destacaba por su capacidad, inteligencia y buenas intenciones, a más de cumplir las encomiendas de Garrido haciendo todos los gastos por su cuenta y cobrando un sueldo menor a doscientos pesos mensuales.” Sin embargo, la mayoría de los “camisas rojas” actuaban irracionalmente, tal y como lo hicieron el domingo 30 de diciembre de 1934 cuando, en el atrio de la Iglesia de San Juan Bautista, en Coyoacán, uno de ellos empezó a lanzar diatribas en contra de la religión y sus feligreses quienes a esa hora asistían a misa. Aquello derivo en un enfrentamiento con muertos y heridos de ambos bandos. Eso fue el principio del fin, cinco meses después durante la crisis del estadista Plutarco Elías Calles con el presidente Lázaro Cárdenas Del Rio, en compañía de otros, Garrido trató de persuadir al sonorense de levantarse en armas. En realidad soaba que de rebote le llegara la presidencia provisional dado la influencia que tenía entre los miembros del gabinete. Sin embargo, el estadista no acepto tal locura y al dejar el país, Garrido quedó en la orfandad y fue removido del cargo. Un día de junio, junto con sus camisas rojas, emprendió el retorno a Tabasco en donde le esperaba el fin de su poder. Dado que el espacio se agotó, no queda sino dejar para una tercera colaboración el epilogo del garridismo y sus lecciones. vimarisch53@hotmail.com
Añadido: El bronco resultó ser un potrillo amaestrado que ahora es utilizado para que los hijos de los patrones se entretengan y aprendan a montar equinos. RVR

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