Rodolfo Villarreal Ríos
El padre de los “camisas rojas” / epílogo
eldiariodetaxco.com
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Julio 11, 2015
01:22 hrs.
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Al momento en que un político arriba a la cumbre de su poder, pareciera que el sol lo deslumbra e impide observar lo que a su alrededor realmente sucede. Sobran quienes desean quedar bien con el “jefe” o “el patrón.” En esa forma acostumbran referirse a sus superiores quienes poco les importa la persona que esté en un cargo superior al de ellos. Lo importante es que en el futuro, cuando otro ocupe dicho puesto, no vayan a cometer el error de referir un nombre propio por otro, así evitan tal riesgo. Y por supuesto, el receptor de las lisonjas gustoso acepta el sobrenombre. Ese fue el caso de Tomás Garrido Canabal, a quien sus “colaboradores leales” acostumbraban identificar como el “licenciao” En el nombre de él, hicieron y cometieron barbaridad y media que terminó por llevar a quien decían era su líder y guía hasta la ignominia política. Alrededor de esto versara el contenido de una tercera colaboración, la cual no estaba inicialmente planeada pero que al desarrollar las dos anteriores surgió.
Nos quedamos en que un día de junio de 1935, los “camisas rojas,” hubieron de marchar por las calles de Tacuba de la Ciudad de México camino a su retorno a las tierras tropicales de Tabasco. Habían errado en sus sueños de trasplantar a la capital de la republica el modelo que les había funcionado en su entidad. Otras eran las costumbres, las circunstancias y jamás pudieron entender que la idiosincrasia era distinta en un sitio que era, y es, el crisol en donde se amalgamaban perspectivas de los habitantes de toda la nación sin que prevaleciera necesariamente una de ellas. Los actos que allá en su tierra resultaban exitosos, por infundir terror o porque eran los adecuados para las condiciones específicas del entorno, era poco probable que funcionaran en la capital de la república. Así, el 15 de junio de 1935, Garrido Canabal renunció al cargo de secretario de agricultura y emprendió el retorno a Tabasco, iba ya despojado de sus sueños de presidencia provisional. Eso sí, habrá que reconocerle que a la hora de las definiciones en la confrontación entre el estadista Elías Calles y el presidente Cárdenas Del Rio, no negó su lealtad al primero y se atuvo a las consecuencias.
Aun cuando se comenta que el presidente Cárdenas Del Rio trató de actuar civilizadamente con su antiguo colaborador, las fuerzas políticas fueron desatadas y los enemigos de Garrido Canabal, que no eran pocos y tampoco podemos negar que les faltara razón para serlo, otearon que era el momento de ajustar cuentas con quien en plena desgracia política emprendía la que sería su lucha última antes de comenzar la retirada hacia el exilio.
Al retornar Garrido Canabal a Tabasco, ya había vuelto a ocupar la gubernatura, después de un breve interinato de Manuel Granier González, aquel a quien había dejado encargado del gobierno cuando partió a la ciudad de México, su hermano político Manuel Lastra Ortiz. Sin embargo, las cosas ya no serían como antes, ni para un cuñado diezmado, políticamente hablando, ni mucho menos para la marioneta. En ese contexto, los grupos políticos del cardenismo, aun cuando ingenuamente algunos buscan hacer creer que el líder del grupo no intervino, lanzaron la carga en contra de Garrido. Era la hora de la revancha y deshacerse de competidores en el ala izquierda del cardenismo. En dicho contexto, Francisco José Múgica Velázquez y Saturnino Cedillo Martínez, relata Manuel González Calzada, “…proporcionaron apoyo, dinero y armas a los enemigos [de Garrido Canabal quien]...entonces [se desempeñaba] como director de educación pública en Tabasco.” En igual forma, previa invocación al Altísimo, apareció “…el deseo de revancha de los católicos, que pugnaron por recabar fondos para auxilio de quienes iban a arriesgar la vida desde el momento en que pisaran tierras tabasqueñas.” Por si alguno cree que eso de las alianzas entre izquierdas y derechas es un asunto nuevo, quien iba al frente de ellos era alguien muy alejado de cualquier simpatía por la ideología de izquierda, Rodolfo Brito Foucher quien tenía cuentas por saldar con Garrido.
Al llegar Brito y sus huestes, a Tabasco, el escenario estaba listo para dar inicio a las hostilidades. Garrido aún conservaba el poder y mandó que nadie se apersonara a recibir a los arribantes, todos cumplieron salvo un ciudadano de nombre Jovito Pérez. Asimismo, estaba prohibidos proporcionales medios de transporte, y como era una instrucción del “licenciao,” pues la acataron Los dos rivales, cual duelo de pistoleros del viejo oeste, se movían cautos. Al mismo tiempo, ordenaron a sus huestes no fueran a provocar un enfrentamiento. Ambos grupos estaban armados y a la menor provocación aquello podía salirse de control. Sin embargo, no faltaban los acelerados quienes pensaban(¡!) que el “jefe” iba a estar complacido sí el rival era exterminado. Tal era el caso de quien operaba las acciones de los “camisas rojas,” Alfonso Bates Caparroso.
En ese contexto, el 15 de julio de 1935, los acompañantes de Brito salieron a dar un paseo por las calles de Villahermosa. En el camino, los “camisas rojas,” instruidos por Bates, se les aparecieron y tras bañarlos de insultos, “comenzaron a arrojarles guijarros, cascaras de frutas y otros proyectiles.” La paciencia franciscana concluyó cuando uno de los agredidos recibió sobre su cabeza “un bote lleno de basura” y acto seguido “…desenfundó su pistola y la disparó sobre el grupo contrario…” Fue imitado por sus compañeros y recibieron una repuesta similar de los agresores iniciales. Y aquello devino en una matanza con saldo de siete garridistas muertos y tres heridos, mientas que los britistas contabilizaron cuatro difuntos y 2 lesionados, en este bando las bajas pudieron haber sido mayores, pero las puertas de muchas casas se abrieron para guarecerlos y evitar que la “Thompson” accionada por del senador Ausencio C. Cruz registrara un mayor número de blancos. Al enterarse de los acontecimientos, Garrido Canabal reprendió al causante del problema, Bates Caparroso y lo expulsó del estado. Sin embargo, el daño estaba hecho.
La prensa oteó la oportunidad de cobrarse las afrentas sufridas y emprendió una campaña en contra de Garrido, los universitarios organizaron mítines de rechazo con objetivo similar, en síntesis todos los opositores se unieron “para derrumbarlo de su pedestal de dictador.” De todos era conocido que el respaldo político de Garrido Canabal en el centro rondaba los linderos de la nulidad. Y ante eso, la demanda para desaparecer poderes en Tabasco creció. Para empeorarla, el gobernador de parapeto, Lastra Ortiz, envió “a la secretaria de gobernación un informe en el que se manifestó ignorante de los hechos.” Con una defensa tan pobre, no hizo sino darle argumentos al Congreso de la Unión para “considerar desorganizado el Poder Público en Tabasco,” y proceder a la desaparición de poderes, al tiempo que nombro un gobernador provisional. Sin embargo, eso no calmó los ánimos, querían el exterminio del otrora hombre poderoso.
Al respecto, Manuel González Calzada insiste en ponderar la prudencia del Presidente Cárdenas, algo que es entendible dado que el libro se publicó en 1940 cuando este aun no concluida su mandato. De acuerdo a González, el presidente decidió “proteger” a su antiguo subordinado y le encargó “una comisión diplomática extraordinaria en Costa Rica.” Al saberse la noticia de la desaparición de poderes, el pueblo tabasqueño estalló en júbilo y el alcohol volvió a correr compitiendo con la corriente del Grijalva que atraviesa Villahermosa. Y en ese jolgorio, se mostraron las miserias humanas de “la mayoría de los camisas rojas [quienes] más por servilismo hacia quien veían perfilarse como futuro ‘hombre fuerte,’ que por animadversión a Garrido, acudieron presurosos al local ocupado por Brito a entregar sus uniformes.” Era el fin de Garrido Canabal, una conclusión similar a la que tuvieron muchos otros antes que él y la tendrían otros tantos posteriormente. Es el problema de los hombres en el poder, olvidan que este tiene fecha de caducidad. Algunos, mientras ostentan el cargo, se dejan llevar por las lisonjas que les lanzan quienes no los bajan de “jefe” o “patrón,” al tiempo que le aplauden cada vez que arremete en contra de aquellos que conservan la dignidad. Al final, cuando el ocaso llega, los lastimados son numerosos y a ellos se sumaran aquellos que en el pasado juraban lealtad y ahora buscaran colocarse con el nuevo “jefe” o “patrón.” Garrido Canabal realizó un gobierno cuyos logros no pueden negarse. Sin embargo, lo positivo fue opacado por las medidas extremas y la mano dura con lo cual buscaba acabar con un fanatismo para implantar otro. Pero como lo sugiriera el título del libro escrito por Manuel González Calzada, el cual dio origen a esta serie de tres artículos, a Tomas Garrido Canabal hay que analizarlo al derecho y al revés para de ahí sacar conclusiones que nunca dejaran de ser de actualidad. vimarisch53@hotmail.com
Añadido: “La evangelización es el remedio para las luchas, las guerras y las divisiones,” dijo el ciudadano argentino, Jorge Mario Bergoglio Sivori o, para los creyentes, el Papa Francisco. Más tarde, aseveró: “Pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América” ¿Entonces en qué quedamos, es o no la evangelización el remedio? O ¿Acaso en la conquista no fue la evangelización el arma fundamental para someter rejegos que no terminaban de convencerse mediante, bendición de por medio, la espada, el látigo y el hierro incandescente? RVR
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