RODOLFO VILLARREAL RÍOS

EL FEDERALISMO ORIGINAL Y EL DE HOY

Plata Pura

EL FEDERALISMO  ORIGINAL Y EL DE HOY

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Octubre 31, 2015 04:57 hrs.
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Estaban muy modositos, sonrientes y complacidos mientras procedían a cancelar el “Timbre Postal La Constitución: Arquitectura del Federalismo Mexicano La Constitución de 1824” Por supuesto todos ensalzaron que hoy vivimos bajo un federalismo nunca antes visto y quién sabe cuántas cosas más, excepto que dichos ciudadanos doctos no fueron capaces de referirse a nada específico con respecto a la constitución en comento, ni quienes fueron los actores principales involucrados en el proceso que culminó con lo que de hecho fue la primera constitución de la entonces nación incipiente. Con ello, hicieron que el asunto fuera uno más para nosotros el resto de los mortales. Sin embargo, nos quedó la duda sobre sí alguno de los “canceladores” había echado un vistazo a lo que sucedió en torno a lo ocurrido entre el 7 de noviembre de 1823 cuando fue instalado el Congreso General Constituyente y el 4 de octubre de 1824 cuando la constitución fue promulgada por el primer presidente de México, José Miguel Ramón Adaucto Fernández Félix, conocido como Guadalupe Victoria, quien estuvo muy lejos de participar en el proceso de la elaboración del documento. Ante ello, este escribidor-historiador abundante en ignorancia, pero pleno en su búsqueda por paliarla, se fue a revisar archivos. Acerca de lo encontrado sobre el pasado y otras cosas del presente les comentaremos a continuación.
Apenas la patria trataba de convertirse en nación y la lucha era entre tres bandos. El primero integrado por quienes apoyaban una forma de gobierno centrista-europeizante liderados por el adalid de los conservadores de ayer y hoy, Lucas Ignacio José Joaquín Pedro de Alcántara Juan Bautista Francisco de Paula Alamán y Escalada. El segundo formado por aquellos que propugnaban por un modelo federalista basado en el estadounidense, cuya cabeza visible era el religioso coahuilense, José Miguel Ramos Arizpe. Y un tercero, poco enfatizado, el de los que propugnaban por un federalismo moderado provisional, al frente del cual se encontraba el sacerdote dominico neolonés, Servando Teresa De Mier y Noriega. Cuando se convocó al congreso para expedir una constitución, el europeísmo andaba de capa caída, don Lucas no era miembro de dicho congreso y los favorecedores del centralismo, como dicen por ahí, “escasamente pintaban.” Ante ello, el debate se centró entre los federalistas moderados y los federalistas.
En el preámbulo de la discusión, Ramos Arizpe, quien era el líder del partido federal, fue nombrado presidente de la Comisión de la Constitución y, el 20 de noviembre de 1823, presentó, para discusión, el Acta Constitucional que serviría de base para elaborar la constitución. Y, entre el 3 de diciembre de 1823 y el 31 de enero de 1824, en el debate sobre el Acta, se enfrascaron los diputados representantes de las diversas entidades que entonces conformaban el país. En medio de esta discusión, tuvieron particular relevancia las palabras pronunciadas por don Servando quien, el 11 de diciembre de 1823, expuso el discurso llamado “Profecía sobre la Federación.” En dicha pieza, el neolonés explicaba su oposición al contenido del artículo sexto del Acta en donde se establecía que los estados fueran independientes, libres y soberanos. Ante ello le achacaban ser partidario del centralismo a lo cual respondió: “¿Quiere usted que nos constituyamos en una república central? No. Yo siempre he estado por la federación, pero una federación razonable y moderada, una federación conveniente a nuestra poca ilustración y a las circunstancias de una guerra inminente, que debe hallarnos muy unidos. Yo siempre he opinado por un medio entre la confederación laxa de los Estados Unidos… y la concentración peligrosa de Colombia y del Perú: un medio en que dejando a las provincias las facultades muy precisas para proveer a las necesidades de su interior, y promover su prosperidad, no se destruya a la unidad, ahora más que nunca indispensable…” Ya en plena carrera, insistía en su postura acerca de la infancia intelectual de los habitantes de los pueblos que integraban el país. Ante ello, decía: "Se necesita valor, dice un sabio político, para negar a un pueblo entero; pero es necesario a veces contrariar su voluntad para servirlo mejor. Toca a sus representantes ilustrarlo y dirigirlo sobre sus intereses, o ser responsable de su debilidad. Al pueblo se le ha de conducir, no obedecer. Sus diputados no somos mandaderos, que hemos venido aquí a tanta costa y de tan largas distancias para presentar el billete de nuestros amos. Para tan bajo encargo sobraban lacayos en las provincias o corredores en México. Si los pueblos han escogido hombres de estudios e integridad para enviarlos a deliberar en un Congreso General sobre sus más caros intereses, es para que acopiando luces en la reunión de tantos sabios decidamos lo que mejor les convenga; no para que sigamos servilmente los cortos alcances de los provincianos circunscritos en sus territorios. Venimos al Congreso General para ponernos como sobre una atalaya, desde donde columbrando el conjunto de la nación, podamos proveer con mayor discernimiento a su bien universal. Somos sus árbitros y compromisarios, no sus mandaderos. La soberanía reside esencialmente en la nación, y no pudiendo ella en masa elegir sus diputados, se distribuye la elección por las provincias; pero una vez verificada, ya no son los electos diputados precisamente de tal o tal provincia, sino de toda la nación…” A pesar de su postura el llamado Fray Servando, y los centralistas que se treparon a su carro, tuvieron que encarar la rebelión de los representantes de las provincias. La exigencia era que se optara por un modelo federalista o cada quien formaba su gobierno. Exigían una solución federal o desmembraban al país. Poco margen de maniobra quedaba y el neolonés optó por aceptar la declaración de un estado federal tal y como lo señalaba el artículo quinto, pero se negaba a conceder reconocimiento a la soberanía de los estados. Sin embargo, el 4 de octubre de 1814, en la exposición de motivos de la constitución, los directivos del Congreso encabezados por el yucateco-mexiquense - tejano, Manuel Lorenzo Justiniano de Zavala y Sáenz tenían algo más que decir.
“La república federada ha sido y debió ser el fruto de sus discusiones. Solamente la tiranía calculada de los mandarines españoles podía hacer gobernar tan inmenso territorio por unas mismas leyes, a pesar de la diferencia enorme de climas, de temperamentos y de su consiguiente influencia. ¿Qué relaciones de conveniencia y uniformidad puede haber entre el tostado suelo de Veracruz y la heladas montañas de Nuevo México [recordemos que entonces era nuestro]? ¿Cómo pueden regir a los habitantes de la California [también parte de este país entonces] y la Sonora, las mismas instituciones que a los de Yucatán y Tamaulipas? La inocencia y candor de las poblaciones interiores ¿qué necesidad tienen de tantas leyes criminales sobre delitos e intrigas que no han conocido/ Los tamaulipas y coahuileños reducirán sus códigos a cien artículos, mientras los mexicanos y jaliscienses se nivelaran a los pueblos grandes que han avanzado en la carrera del orden social. He aquí las ventajas del sistema de federación. Darse cada pueblo a si mismo leyes análogas a las costumbres, localidad y demás circunstancias; dedicarse sin trabas a la creación y mejoría de todos los ramos de prosperidad; dar a su industria todo el impulso de que sea susceptible, sin las dificultades que oponía el sistema colonial, u cualquier otro gobierno, que hallándose a enormes distancias perdiera de vista los intereses de los gobernados; proveer sus necesidades en proporción a sus adelantos; poner a la cabeza de su administración sujetos que, amantes del país, tengan al mismo tiempo los conocimientos suficientes para desempeñarla con acierto; crear los tribunales necesarios para el pronto castigo de los delincuentes y al protección de la propiedad y seguridad de sus habitantes; terminar sus asuntos domésticos sin salir de los límites de su Estado; en una palabra , entrar en el goce pleno de los derechos de hombres libres.” Ateniéndonos al párrafo trascrito, entendemos por qué los de ahora optan solamente por enunciar la celebración de la primera constitución, entrar en detalles podría cuestionar lo que ahora vivimos.
Cuando se debate sobre sí el centralismo o el federalismo es la mejor forma de gobierno para nuestro país muy fácilmente puede acabarse convertido en recalcitrante defensor del regionalismo irracional. Esto les sucede a los integrantes de ambos grupos a quienes suele ganarles la oriundez como sí lugar de nacencia, al igual que género, fueran determinantes de bondades, maldades, sabidurías, ignorancias, capacidades o incompetencias. Olvidan que al ser humano hay que tomarlo uno por uno. Sin embargo, en los días que corren, pareciera que en nuestro país las cosas tienden a centralizarse con mayor intensidad. Observamos cómo se agudizan las medidas para que todo se genere a partir del centro bajo la premisa de que no hay como la uniformización para que la vida nacional funcione mejor. Y así, bajo ese pretexto, los asuntos de cualquier índole deben de llevarse a la capital de la república para que, desde ahí, grupos de “notables,” quienes si saben lo que es mejor para cada rincón del país, tomen las decisiones adecuadas. Sí de asuntos electorales se trata, desde allá habrán de designarse los consejeros electorales estatales, cualquier dificultad debe decidirse por los notables del IFE o el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y en caso de que haya dificultades de otro tipo, pues el ejecutivo nombra un intendente que vaya a ocuparse de la entidad en cuestión, mientras desde el centro se instrumenta la política para resolver los problemas. Que sí de educación se trata, pues que todo dependa del centro. En asuntos de seguridad, a uniformarse bajo un solo mando central en donde todos son impolutos. En los asuntos tributarios y presupuestarios, ahí están los gobernantes de las entidades mendigando que les asignen recursos. Que si van a seleccionar ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación pues que se propongan tercias de ciudadanos casi en olor a santidad, quienes solamente se encuentran entre los habitantes de la capital del país. Al respecto, ya que los de ahora andan tan federalistas del 24 ¿habrán leído lo establecido en los artículos del 127 al 134 de dicha constitución. En el primero de estos, se apuntaba que “la elección de individuos de la Corte Suprema de Justicia se hará en un mismo día por las legislaturas de los Estados a mayoría absoluta de votos.” En el 128, se refería que “concluidas las elecciones, cada legislatura remitirá al presidente del consejo de gobierno, una lista certificada de los doce individuos electos con distinción del que haya sido para fiscal.” Y en el 132, estaba determinado que “el individuo o individuos que reuniesen más de la mitad de los votos computados por el numero total de las legislaturas y no por el de sus miembros respectivos, se tendrán desde luego por nombrados, sin más que declararla si la Cámara de diputados.” Pues sí, lucen muy modositos cancelando timbres postales y ensalzando el federalismo, pero más allá del discurso lo que observamos es un centralismo cada día más evidente. Aun cuando pudieran decir que a ellos los cubre el gabán de Fray Servando Teresa y que ejercen un federalismo moderado dados, en las palabras de Mier y Noriega, “los cortos alcances de los provincianos circunscritos en sus territorios.” vimarisch53@hotmail.com
(1): Escuchamos gran alharaca con respecto al consumo o no de refrescos y desalentar su ingesta vía impuestos. Sin embargo, respecto a las bebidas “energizantes” prevalece el $ilencio sobre sus efectos mortales, mientras las anuncian a toda hora recomendándolas como la panacea para mantenerse activo por laaaaaargas horas.
Añadido (2): Creyeron que les ofertaban un producto nuevo y lo compraron. Sin embargo, al retirar el envoltorio encontraron mercancía ya conocida. Descubrieron que para lograr la absolución de los pecados los rezos son requeridos, pero de poco valen sino van acompañados por una talega repleta de billetes. Vaya novedad.

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