Rodolfo Villarreal Ríos

El auténtico jefe del grupo

Plata Pura

El auténtico jefe del grupo

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Enero 23, 2016 22:15 hrs.
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Lo que narraremos pudo suceder en cualquier sitio de la geografía del país. Sin embargo, ocurrió ahí, en aquel pueblo pequeño, un noche-madrugada de hace muchos, muchísimos, años, tantos que la neblina de los tiempos ha extendido el manto generoso del olvido para la gran mayoría. No obstante ello, aún hay por ahí uno que otro lugareño que narra, en voz baja, lo acontecido. Como en todos esos lugares, la clase dirigente real estaba integrada por el comerciante, el banquero, el profesor, el médico, y por supuesto el infaltable señor cura.

Entre ellos y sus familias, se repartían los bienes y las riquezas. Eran los hombres de bien, respetuosos de sus esposas, padres amantísimos, hijos ejemplares y sobre todo siempre obedientes de la moral pública más estricta.

Semana a semana, se escuchaba al sacerdote lanzar anatemas en contra de aquellos pecadores que no observaban la doctrina del Señor, de quienes no daban el buen ejemplo a sus hijos, de los que acostumbraban embriagarse y mostrarse así ante la sociedad, de los pérfidos que ocultaban amores pecaminosos. Sin embargo, el mensaje no calaba en todos por igual. Esa era la recomendación para el consumo público mayoritario, en lo privado era factible hacer excepciones.

El grupo dominante tenía sus momentos de esparcimiento solaz, lejos de los ojos censores de la sociedad. Una o dos veces por semana, durante la noche, gustaban acudir a un sitio lejano en las afueras del pueblo. Ahí, se comportaban en forma muy distinta a como lo hacían a la luz del sol.

Se mostraban tal cual eran, todos, incluido el sacerdote, daban rienda suelta a su pasión por las mujeres. A uno, poco le importaba contravenir los preceptos que predicaba. Los otros, como todos los de su clase, exhibían sus modales correctos con las “señoritas” que los acompañaban. Sabían que en casa habían quedado las esposas dulces-abnegadas al cuidado de la prole y en el cumplimiento del papel que las buenas costumbres y la sociedad estricta les asignó, así que nada debería de preocuparles. Cuando ellos regresaran al hogar, las encontrarían gozando del reposo tras de haber elevado sus plegarias al Altísimo pidiéndole derramara sus bondades y cuidara de ellas, sus hijos y el compañero aun en ausencia porque seguramente andaba buscando con todo afán como consolidar el bienestar y la felicidad de la cual gozaban.

Aquella noche era distinta a tantas otras. La luna brillaba con intensidad singular y, tras una lucha fragorosa con el follaje de los nogales que circundaban el sitio, lograba penetrar para derramar su luz sobre las aguas claras de la piscina colocada a la mitad del patio. El verano en pleno, temperatura que incitaba a la ligereza de ropas y a la ingesta de bebidas casi al punto de congelación. La invitación a darse un chapuzón era más que nunca provocativa dadas las compañías con que se contaba, así que los respetables señores procedieron a ello como preámbulo a lo que vendría después. De esa manera, trascurrió el tiempo sin que nadie lo notara.

Era el inicio de la madrugada cuando, al calor de las copas, de pronto dio inicio una discusión entre el cura y el banquero quienes en esa ocasión, extrañamente, habían pedido que los dejaran solos. Eran socios en todos los negocios que se ejecutaban en el pueblo, excepto en los espirituales que eran monopolio del primero. La armonía siempre fue la dominante en las transacciones por ellos efectuadas. Sin embargo, por esas cosas que el alcohol hace aparecer en los hombres en el momento menos esperado, llegó como invitada desagradable, la discordia. Colgada de su brazo iba su compañera fiel, la ambición. El motivo era hasta cierto punto baladí, los bienes que se derivarían de la ruina del boticario en desgracia. Pero quien era este boticario que provocaba tal desasosiego entre dos señores respetables, veamos ahora.

Era un hombre de aspecto refinado, de porte elegante, de familia bien integrada y respetada. Vivía la vorágine de los buenos tiempos por los que pasaba en los negocios y las utilidades que de ahí se derivaban. Sin embargo, también, era víctima de la prosperidad, ese poderoso imán que atrae todo tipo de virtudes sobre los seres humanos y deja los defectos de lado. Así, los bienes que se generaban en la botica cada vez fueron siendo desatinados en proporción mayor a satisfacer caprichos y halagos de cierta dama que no era precisamente la esposa. Como el negocio iba a toda vela, no existían dificultades para obtener créditos. El banquero lo llamaba amigo, señor, no faltaba más, cuanto necesita. Sabía que era buena paga, así que a prestarle lo que deseara para consolidar el negocio. Sin embargo, no hay actividad que soporte las veleidades femeninas cuando un hombre pierde la razón. De pronto, el boticario, se percató que el negocio enfrentaba una escasez de liquidez severa y de ahí a la crisis tan solo era dar el paso siguiente. Esto lo llevó al agobio. Sin embargo, no era cosa de ir por ahí a contarle sus angustias a cualquiera. Era un hombre creyente y estaba consciente de que aquella falta trasgredía los principios de la religión que practicaba. Por ello, como todo buen cristiano, recurrió a su confesor. En él confiaba plenamente y procedió a exponerle no tan solo sus pecados, sino también que se encontraba al borde de la quiebra. Aquel mensajero de la palabra divina y salvador de almas, le recomendó no preocuparse. Le recordó que Dios estaba observante, siempre, de todos sus hijos buenos, sabría perdonarle la debilidad carnal y acudiría en su auxilio. Confiado en aquellas palabras, el boticario sintió un gran alivio y creyó que a partir de ese momento podría mejorar la situación.

A los pocos días, se presentó ante el banquero quien, contrariamente a lo usual, lo hizo esperar antes de recibirlo. Una vez en el despacho, el boticario procedió a solicitar el apoyo correspondiente para efectuar una de las transacciones que como en ocasiones anteriores realizaría. Con sorpresa singular encontró la respuesta del propietario del banco quien sin mediar mayor explicación soltó la respuesta a bocajarro, “es necesario que cubra, en su totalidad, los adeudos anteriores antes de poder refaccionarlo.” Repuesto de la sorpresa, el farmacéutico invocó sus antecedentes crediticios respaldados siempre por los ingresos provenientes de un negocio sano como era la botica. Sin embargo, con información de primera mano sobre la situación real, el banquero fue terminante. Ningún apoyo le otorgaría sin que antes cubriera los pasivos existentes. Ese era el trasfondo de la discusión que sostenían aquella noche el salvador de almas y el administrador de los peculios. Mientras tanto, los otros integrantes de grupo, se habían retirado a sitios más reservados para atender a las “señoritas” que los acompañaban y poder mostrarse con libertad amplia.

Aprovechándose de ello, el cura arreciaba los reclamos que cada vez alcanzaban decibeles de intensidad más alta. Deseaba para él la mayor parte de los bienes en cuestión, que sí bien no eran de gran monto, sentía que deberían de pertenecerle por ser él quien dio el aviso oportuno. Su pronunciada nariz, roja por naturaleza, intensificaba su color como resultado del alcohol ingerido y la furia que lo invadía.

Las discusiones por dinero hacen olvidar amistades o sociedades, más cuando el respeto y la prudencia han optado por alejarse de aquellos sitios. De pronto, el banquero al ver que los argumentos no convencían al descendiente de vascos, alcanzó una botella que se encontraba a distancia prudente de su mano y convirtiéndola en lejana remembranza de sus años infantiles, pensando que enfrente tenía una piñata colorida, procedió a descargarla sobre la testa de aquel mensajero de la palabra. El tipo cayó cuan largo era rebotando con las baldosas y haciendo más espectacular la escena cuando empezó a brotar la sangre en cantidades generosas. Quien estaba como encargado del negocio al escuchar tan sonora caída acudió presto a cerciorarse de que se trataba, en menudo problema lo habían metido.

Como se justificaría aquello, parecía como si fuese algo más. Sin perder más tiempo, corrió a buscar al médico que para entonces ya gozaba de las dulzuras de la compañera respetable que le tocó en suerte esa noche. Su desagrado fue mayúsculo al verse interrumpido en su camino casi seguro a aventuras mayores. Se le explicó lo acontecido y tardó poco en cruzar el patio amplio hasta llegar al sitio donde postrado estaba aquel portador de la bondad y la esperanza.

Se procedió a despedir a las damas sin que se enteraran de lo que pasaba y se recompuso el grupo. El médico puso manos a la obra y pidió que del botiquín le dieran lo necesario para proceder a limpiar la herida y hacer la asepsia correspondiente. Poco a poco, el herido se recuperaba y volvía al mundo real. Entre sombras y nubes empezaba a reconocer a los ahí presentes y a recordar lo sucedido. Por su parte, el financiero respetable se hallaba en estado similar, salvo que sin la cabeza partida y en pleno goce etílico.

Como se ocultaría aquello, no era posible que en la misa dominical el sacerdote saliera a oficiar con la cabeza luciendo vendaje singular y mucho menos con la tiara encima, no la soportaría. Así que a tomar una decisión, el susodicho sería trasladado a la capital del estado vecino y se diría a la grey que, en una urgencia, salió hacia el occidente del país, de donde era originario, para atender a un familiar cercano quien había sido víctima de un accidente terrible.

En menos que se escribe y una vez concluida la curación, lo subieron en uno de los vehículos y acompañado de un chofer y el médico, por lo que pudiera ofrecerse en el camino, procedieron a trasladarlo al estado vecino y tenerlo a buen recaudo en una de las casas que poseía en aquel sitio.

Cuando el cura reapareció, ya tenía trazado el plan bajo el cual habría de tomar venganza, poco cristiana, pero muy humana. Con paciencia extrema, día a día, se dedicó a horadar la base de sustentación del banquero. Un comentario inocente por aquí. Un depósito en la ciudad vecina. La recomendación suelta de tener cuidado con las operaciones que realizaban con aquel banquero. Un frustrado asalto con pistoleros enmascarados bastante estúpidos. Una revelación sobre las debilidades carnales del personaje. Todo ello era acompañado con la sequía de información que antes fluía directo a la caja de caudales. Poco a poco, los habitantes del pueblo empezaron a percatarse en donde se ubicaba el centro de poder y quien era el jefe verdadero del grupo. Cosas como esas solamente podían acontecer en un pueblo como aquel en donde la neblina de los tiempos ha extendido el manto generoso del olvido para la gran mayoría. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (1): A que la curia tan desmemoriada. Ayer, lisonjera y sumisa, recibía parte de esos “dineritos,” a cambio repartía bendiciones y alabanzas. Hoy, indignada y altanera, reclama que le expliquen el destino de los recursos, mientras lanza anatemas y reproches. Que lo apunten quienes andan de sumisos y se les hace tarde para postrarse ante el ciudadano argentino y cofradía que lo arropa.

Añadido (2): Gracias al Instituto Nacional Electoral, en México ya existe una nueva modalidad para asegurar un retiro sin sobresaltos. Hay que apuntarse para ser candidato independiente a la presidencia de la república. Entre menos posibilidades se tenga de triunfar, mayor será el beneficio. De los millones de pesos que le den, gasta realmente una parte mínima. El resto, previa visita a los portales de Santo Domingo, hace como que los erogó y vejez asegurada. Una vez más, de México para el mundo.

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