Opinión

El Parador del Tranco

Rodolfo Villarreal Ríos

El Parador del Tranco

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Agosto 19, 2016 22:19 hrs.
Periodismo ›
Rodolfo Villarreal Ríos › guerrerohabla.com

Lo que narraremos ocurrió en aquel país que ya no existe, del cual solamente queda el recuerdo. Los jóvenes de entonces estaban dispuestos a enfrentar sus realidades convencidos, como así les sucedió a muchos de ellos, de que a pesar de que el presente no lucia esplendoroso, el futuro les deparaba cosas mejores. Por ello, los de la cultura del esfuerzo, sabían que en todos los órdenes había que ir escalando peldaño a peldaño y en ese proceso estaban los sitios en donde vivían quienes estaban alejados de su tierra natal. En ese contexto, se dieron aquellas historias generadas en una de las tantas de las llamadas casas de huéspedes en que varios vivían sus muy personales procesos de formación. Para algunos seguramente recordar, no digamos ya contar, representa un baldón. Sin embargo, de aquello siempre habrá historias por narrar y con certeza más de uno habrá de identificarse, por haber experimentado algo similar, con lo que pasó bajo los techos de aquella construcción erigida en los albores del siglo ido en lo que había sido una aristocrática colonia de los tiempos de la presidencia extendida. Echemos un vistazo a lo sucedido en aquel microcosmos cuando el país estaba ya, sin darse cuenta, inmerso en lo que vendría a ser una etapa nueva con todos los costos que sus habitantes habrían de pagar.
Estaba situada en una colonia con nombre de ciudad europea cuyos años de esplendor quedaron sepultados en la noche de los tiempos. La construcción denotaba haber tenido mejores épocas a principios del siglo XX y hasta valor arquitectónico le fue asignado. El edificio, se ubicaba justo en la esquina en donde se encontraban dos calles con nombre de estados, uno del sureste y otro del centro del país. En la planta baja operaban locales comerciales y, en medio de ellos, una escalera conducía a un segundo piso en donde, justo a la izquierda de la entrada estaba el teléfono y a la derecha una estancia pequeña. A partir de ahí, a lo largo de un corredor, una habitación tras otra, se distribuían unas dando hacia cada una de las calles mencionadas, mientras que otras dos, del lado opuesto del pasillo, eran las únicas que contaban con todos los servicios. Como testimonio de que esos rumbos habían vivido mejores tiempos, no lejos de ahí, al cruzar un par de calles, moraba una dama en quien aún se apreciaban rasgos del porqué, durante la época revolucionaria, había vuelto loco a más de uno de los generales prominentes. Aun hoy hay alguien que se arrepiente de no haberla abordado y platicado con ella cuando en repetidas ocasiones se cruzaron en el camino. Pero eso es otra historia, retornemos a lo que entonces ya no era vivienda unifamiliar sino posada de personajes de variopinta. El nombre seguramente fue una ocurrencia de la mujer que entonces rentaba el local y lo convirtió en su medio de sustento. Hasta ahí llegaron un grupo de jóvenes quienes, en busca de mejorar el sitio en donde previamente moraban, decidieron irse a vivir ahí. Al principio todo les parecía normal, pronto empezarían a percatarse de las peculiaridades que adentro se suscitaban. Y aquí iniciamos el relato.
El comportamiento de la dama en cuestión causaba comentarios entre los huéspedes. Cada vez que se apersonaban ante ella para pagar la renta mensual, al momento de recibir los billetes, la señora corría hacia la cocina y los lanzaba al fregadero al tiempo que abría las llaves del agua para lavarlos. Argüía que aquellas piezas podrían haber sido ensuciadas con sangre durante el trayecto antes de que se posaran en sus manos y había que tomar precauciones. Asimismo, épicas eran las escenas que escenificaba con su hijo, un mozalbete, quien ya había dejado de ser adolescente, pero que continuaba viviendo a expensas de su madre. Ella le cumplimentaba todos sus gustos, no sin antes pasar por un sainete que siempre terminaba en arrumacos y lágrimas, a los cuales se incorporaba un perro de color blanco que era su lazo de unión. Por ello, no les importaba que desparramara pelambre por toda la vivienda. Para ahorrarse algunos centavos, la propietaria del lugar preparaba los alimentos, mismos que se caracterizaban por la limitada cuantía en que eran servidos, a más de que en ocasiones trataba de convencer a los huéspedes de que ingerían algo que no correspondía a lo que ella les anunciaba. Sin embargo, aquello no duraría mucho.
Un buen día, la dama llamó a los huéspedes y, teniéndolos reunidos, les avisó que a partir de ese momento dejaba el negocio, el cual había transferido a un médico de origen norteño, ahí presente, con quien tendrían que arreglarse a partir de entonces. Y ahí empezó otra historia, el facultativo aquel no viviría ahí. Llegó acompañado de un grupo amplio, pero pronto hizo los deslindes correspondientes para señalar quienes habrían de involucrarse en el día con día de aquel parador. A uno de ellos, le asignó encargarse de administrar aquello o sea estar al pendiente de que el sitio funcionara y los huéspedes no tuvieran queja del servicio y por supuesto que en retribución pagaran oportunamente. Otros eran una pareja y una niña, la dama fue presentada como quien se encargaría de realizar las labores de limpieza. El tercero era un caballero de modales finos quien se acercaba a formar parte del grupo de la tercera edad, él estaría encargado de la preparación de los alimentos. Todo aquello parecía muy formal.
El nuevo propietario contaba con un sequito de amigos en compañía de quienes, un día sí y otro también, acostumbraban acudir al hipódromo, vaya usted a saber sí ahí apostaban o no sus dineros. Sin embargo, de lo que si es factible dar cuenta es que al regresar al Parador del Tranco, lo que normalmente operaba como cocina acababa convertido en un sitio de esparcimiento en donde el dominó y/o las cartas eran el centro de la diversión acompañada por brebajes espirituosos. Y eso duraba hasta las primeras horas del día siguiente. Con puertas cerradas del sitio, poco se molestaba al resto de los moradores quienes, al inicio, ni ganas les daban de protestar. No precisamente porque les satisficiera la alegría reinante, sino porque la alimentación había mejorado en cantidad y calidad. El cocinero servicial, además de cumplir con su encomienda de manera excelente, era toda atención con los huéspedes, la mayor parte de ellos pertenecientes al sexo masculino, e inclusive a un par de ellos les guisaba al gusto. Pero eso no duró mucho. En cuanto el galeno se percató de que los gastos en alimentos iban en aumento, mientras las rentas permanecían estables, decidió despedir al responsable de los guisos al tiempo que anunció que en el futuro no se proporcionarían servicios de alimentos, el pago solamente cubriría el hospedaje. Y como eso de andarse mudando, previa búsqueda y encuentro de un nuevo sitio, no era cosa fácil, la mayoría de los huéspedes decidieron permanecer en el sitio. Entre ellos había quienes venían de una experiencia poco grata en su anterior vivienda, en donde lo único rescatable fue una amistad que prevalece hasta estos días. Pero repasemos a los habitantes.
Demos inicio con el de edad mayor. Era un hombre entrado en los cincuenta años quien decía cubrir una fuente periodística de primerísimo nivel. Sin embargo, este ciudadano, quien ocupaba lo que pudiera decirse era la ’master suite,’ tenía la peculiaridad de que extrañamente abandonaba la casa. No obstante ello, era común encontrarlo apenas caía la tarde, pegado al teléfono reportando lo correspondiente al área de su responsabilidad. Vaya a saber usted, lector amable, como le hacía para obtener información, aún resulta incomprensible. Coincidir con él a la hora de los alimentos era esperar ser testigo de una perorata. Algunos simplemente lo escuchaban, pero otros, especialmente un par de estudiantes de ingeniería, le creían cuanto salía de su boca. Lo trataban con respeto y acudían a él en busca de consejo. Y con esa verborrea logró, en poco tiempo, que una dama acabara rendida y accediera a compartir habitación. Eso se convirtió en la comidilla entre el resto de los huéspedes. Por entonces algo así era aún digno de comentarse, pero pronto pasó la sorpresa. Varios de los cohabitantes del parador empezaron a buscar alcanzar un status similar, pero a lo más que llegaban eran a encuentros amistosos ocasionales. Aun cuando había un par que daban el espectáculo completo.
Una de las protagonistas era la persona encargada del aseo a quien frecuentemente su galán acostumbraba utilizarla para practicar el deporte de la fistiana, lo cual no impedía verlos al día siguiente acaramelados nuevamente. Aun es recordada aquella ocasión en que un descendiente de asiáticos, quien andaba viendo si emprendía aventuras laborales en aquella ciudad, salió despavorido de su habitación a media noche buscando una explicación a los gritos y lloridos que salían de la cocina. Creía que él habría de ser la próxima víctima de aquel desorden, pronto fue calmado por su amigo quien ya sabía de qué se trataba aquello. Poco duró el visitante en ese sitio, vaya usted a saber que tanto influyó el evento, y decidió regresar a su pueblo. Pero si de aproximaciones a tragedias se trataba, nada como aquella que ocurrió un fin de semana cuando un grupo departía y uno de ellos, veracruzano, envalentonado por vapores etílicos, quiso galanear a una guerrerense y acabó enfrentándose a un amigo cercanísimo de esta. Las cosas llegaran a tal grado que en plena escalera los duelistas iniciaron el combate que fue finiquitado cuando la dama objeto de la disputa tomó una estatuilla de yeso y la estrelló en la cabeza al veracruzano quien fue a dar hasta el pie de la escalera con la cabeza adornada de purpura encendida. Finalmente, alguien puso paz y a llevar al herido al hospital, mientras se daban explicaciones para evitar que aquello terminara ante el ministerio público. A esos niveles algunos llevaban la pasión. No obstante no todo era violencia y/o arrumacos.
También entre los moradores estaba un originario del noroeste mexicano quien se desempeñaba como traductor para un diario nacional. Era muy reservado, salvo con una dama quien era su paisana, y escasamente intercambiaba palabras con quien se cruzaba por los pasillos. Estos, se veían muy concurridos por las mañanas cuando los huéspedes formaban fila afuera de uno de los dos cuartos de baños, mientras esperaban turno. Otros optaban por asearse en el que estaba en la mitad del patio y para ello tenían que levantarse prácticamente al alba en donde no era raro que se encontraran con las habitantes del cuarto de la azotea quienes venían regresando de sus labores, seguramente al cubrir el turno nocturno en algún restaurante. Otro personaje peculiar era un hombre que siempre portaba gafas oscuras y una bufanda cubriéndole el cuello. Él nunca intercambiaba miradas, en cuanto veía venir a alguien, agachaba la cabeza y apresuraba el paso para llegar a encerrarse en su habitación, todos decían que era un espía. Uno más era un sudamericano distraído quien acabó de funcionario de la universidad nacional.
En dicho lugar también pernoctaba, literalmente eso hacía, un artista en ciernes de la plástica quien no perdía ocasión para que las paredes de la habitación que ocupaba fueran testigos mudos de su paso por el lugar, en un par de cuartos dejó constancia de su arte. Hoy, seguramente, los muros adornados han sido cubiertos por varias capas de pintura. El menor de los habitantes de aquel sitio era un joven preparatoriano quien tomaba la vida con desparpajo al grado que sus siestas llegaron a provocar alarma, pues no había ruido capaz de perturbarlo. Respecto a ellos dos y su hermano hay una anécdota que aun hoy les provoca carcajadas. Los fines de semana acostumbraban irse a comer por ahí y no fueron escasas las ocasiones en que acudieran a un lugar en donde llegaba, acompañado de un par de mozalbetes, un actor de teatro quien otrora hiciera las delicias de la niñez mexicana. En ese contexto, como el hermano mayor lucía distinto a los otros dos, y era quien pagaba la cuenta, las meseras creían que se trataba de alguien adelantado a los acontecimientos que hoy son comunes.
En la vivienda en cuestión, fueron testigos de lo acontecido aquella mañana a finales del primer mes del año, a hora temprana, que pareció preludio, o sería manifestación de protesta por la profanación a ocurrir, de lo que habría de ocurrir en el futuro al país, al ser despertados por una sacudida fuerte. Ese evento pocos lo mencionan pues podría dar pie a elucubraciones y poner en otra tesitura que ese día arribó al país quien fuera un viajero exitoso revitalizador de las finanzas de la organización cuyas riquezas fueron incrementadas considerablemente cuando uno de sus antecesores endosó estas tierras a un par de sus paisanos. Como entonces la ciudad vivía inmersa en un proceso de arrasar avenidas para convertirlas en vías rápidas, sobre la que llevaba nombre de estado del sureste, los rastros de pavimento se movieron hasta formar montículos que asombraban. Claro que ni siquiera imaginaban lo que verían, ya no vivían por ahí, seis años más tarde cuando, literalmente, observarían convertido en charamusca un edificio de once pisos edificado en la acera de enfrente sobre la calle con nombre de estado de la región centro, además de muchos otros horrores. Eso sí, el edificio que ocupara aquella casa de huéspedes soportó incólume la zarandeada y aún hoy sigue erecto guardando en sus paredes el murmullo de vaya usted a saber cuántas voces que por ahí resonaron, además de ser testigos mudos de un sinfín de escenas de todo tipo, a más de sueños cumplidos y frustrados de aquellos que, en su andar hacia mejores condiciones de vida, hicieron un alto en el llamado Parador del Tranco.vimarisch53@hotmail.com
Añadido (1) Muy grato fue encontrar a un grupo de priistas jóvenes ávidos, receptivos y participativos quienes, alejados de aquello de que la política es simplemente grilla, mostraron un interés singular por conocer lo que, con fundamento documental sólido, se les presentó sobre el pasado y presente de las relaciones entre México y los Estados Unidos de América. Ellos son los pertenecientes a la XIII Generación del Diplomado en Formación Política Integral, "Constitución Política de lo Estados Unidos Mexicanos", del Instituto de Capacitación y Desarrollo Político, (ICADEP) del Partido Revolucionario Institucional, en el estado de Hidalgo. Ahí, César Jiménez Ortiz y Andrés Baños Hernández, como presidente y secretario general respectivamente, encabezan una cruzada por dar un enfoque nuevo a la formación de quienes habran de construir el futuro diferente y vigoroso del hoy alicaído PRI. Esperamos que el modelo Hidalgo, en materia de capacitación política, este siendo reproducido en el resto de las entidades federativas, mucho les ayudaría a construir el porvenir que por ahora luce en la penumbra.
Añadido (2) Dicen por ahí que hay un entrevistador radiofónico quien, desde la mitad de la semana que hoy concluye, recurre a fomentos de agua caliente, hielo, árnica y te de cuasia para la bilis, todo por culpa del presidente de un partido político quien le arrimó una zarandeada de órdago la cual provocó que se pusiera blanco y al día siguiente azul.
Añadido (3) El comal acusó a la olla y esta le respondió: tú eres impío, deshonesto e impúdico, yo soy santa, pura y casta; por lo tanto, lo que dices es falso. Y seguimos esperando el soporte documental del ’dialogo.’

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