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Días mostrencos, bendita casualidad: espejismos y visiones por habitar


La esencia del ser humano en uno mismo. De cuando surte efecto el hechizo: “Hacer de la adversidad una oportunidad para mejorar”. Espejismos y visiones de Panda resuenan.

Días mostrencos, bendita casualidad: espejismos y visiones por habitar

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Enero 25, 2016 13:45 hrs.
Periodismo ›
Alex Sanciprián › todotexcoco.com

Texcoco, Edoméx.- Entonces, ¿no madurar?

Dicen que las cosas que maduran se caen, se pudren, poco a poco. Mejor dudar y aprender, siempre.

Días mostrencos al golpe, sombrías estampas rudas que se quieren amanecer, mediodía, crepúsculo: desde que amanece es evidente que el frío cala hondo y que así estará buena parte el día. Hay grisura en la bóveda celeste. Se mueve ese vientecillo que sopla suave y parece llegar a los oídos diciendo: “si tienes un hondo penar, piensa en mí. Si tienes ganas de llorar, piensa en mí…”.

El ánimo, el motor de la existencia en el seguimiento del día a día es saber que tienes un espacio en el corazón de alguien y determinante sintonía con su alma, deduces.

Erradicas entonces la corriente de pesimismo que, invariablemente, traen consigo días como este: mañana aturdidora. Caladores despertares.

No atinas en calcular la hora precisa al entreabrir la ventana de tu alcoba. Reconoces la magnitud del frío porque aún parte de las sábanas de la cama tienen esa aparente condición de estar mojadas. Cierta modorra se apodera de tu cuerpo y tratas de evadirla al estirarte. Suena entonces buena parte de tu costal de “viejos huesos que vendan”.

Íntimamente asumes que regresar al mundo de los sueños es tarea vana. Decides ponerte en acción. La voz de ese ya que fluye del centro de su ser es la señal para enderezar tu horizontalidad y moverte. Dejar de estar encima de la cama.

Bajo la regadera una ligera sonrisa de satisfacción aparece en tu rostro. Lo sabes porque aunque el agua que fluye no está en condición precisa como para “pelar pollos”, la tibieza húmeda que te escurre por la cabeza, la espalda, el pecho, el sexo, las piernas, te reconforta, te reanima, y la sensación de frío desaparece como efecto de un hechizo que viene de lejos.

Pasa por tu cabeza la tonadilla y la repites. Primero en voz baja. Pronto a media voz: “Pero que bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas. Mueven la cintura y los hombros igualito que las cubanas…”.

Días mostrencos, bendita casualidad.

La esencia del ser humano en uno mismo. De cuando surte efecto el hechizo: “Hacer de la adversidad una oportunidad para mejorar”.

Apenas ayer, hace unas horas, sentías que habías sido víctima de una conspiración multitudinaria. Tu pareja reclamándote cosas de la vida loca, por supuesto: necesitamos camioneta nueva, nos hace falta renovar el guardarropa, ya vienen lindas ofertas en el Palacio de Hierro, el dinero no alcanza, la despensa se agota, ya viene el día de la renta, se debe el teléfono, van a cortar el internet, vamos al cine, viajemos este fin de semana a Huatulco, aunque sea, compremos un par de nuevas pantallas de tv, ya viene mi cumpleaños...

Tu casera avisándote que le busques, que no hay más renta para ti, que utilizará tu despacho para algo especial: “debo largarme”, es la consigna, piensas. Y no importa que estés al corriente en todos tus pagos.

De pronto, intuyes que tal vez la señora se hartó de que trabajas a deshoras, de que tienes encendida la luz y pones música todo el tiempo, de que entra y sale mucha gente, hasta mujeres, de tu despacho, “de que todo el tiempo se bebe ahí y no tarda en convertirse en una cueva de perdición y vicio”, estás en la certeza de que así se le figura a la digna dama que hasta te recuerda a tu podría madre.

Días mostrencos, presunta escenografía de malos augurios y calamidades por venir.

Días mostrencos, bendita casualidad. Recuerdas que de dolor también se canta, Cruza en tu memoria esa imagen tuya marchando con tus compañeritos, en el jardín de niños, mientras la maestra Luisa con voz animosa dice: “anden, marchen, muévanse niños. Así pronto el sol saldrá”.

Días mostrencos, horas sin sol. Entonces intuyes algo: emprendes una marcha, a paso redoblado, sin llegar a ser veloz, rumbo al paradero donde sabes que habrá tumulto para treparte al colectivo. Y no te incomoda, no te importa.

Asumes la condición de gente ordinaria. Dudas un poco, pero avanzas a la renovación de ti. Viajarás de “aparador” en el colectivo. Cumplirás en la medida de tus posibilidades los pendientes que se te han etiquetado.

Sabes que los días mostrencos son volátiles y en cualquier momento, tal vez mañana o pasado mañana el sol brillará, el cielo azulísimo y sin nubes se impondrán. Mientras tanto, aunque se está haciendo tarde sonríes. Los demás pasajeros te ven compasivamente. “Creen que estoy loco”, sospechas.

Días mostrencos, sesgados, variantes, opacos, de brutalidad extrema, regularmente friolentos proclives a la desmesura, al hartazgo, y también a la posibilidad de “hacer de la adversidad una oportunidad para mejorar”. Días mostrencos, bendita casualidad: espejismos y visiones por habitar.

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