Misael Tamayo Núñez

DESPEJAR

Guerrero HABLA

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Febrero 25, 2016 21:39 hrs.
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Después de 17 meses de los ataques a estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa, en Iguala, hecho que horrorizó al mundo y que abrió la cloaca de las desapariciones forzadas en México, el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, estuvo ayer en Iguala, en el marco de Día de la Bandera.
El día es lo de menos. Lo importante es que Peña Nieto acude a la ciudad tamarindera, en un intento por recuperar Guerrero, pues no basta que el PRI haya conquistado el estado, y que desde octubre del año pasado despache como gobernador Héctor Astudillo Flores, si los pendientes que dejó la dupla Aguirre-Ortega continúan tan frescos como al inicio.
Concretamente el Caso Iguala está muy lejos de concluir, toda vez que los expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos siguen encontrando pistas que indican, sino una clara intención por desviar el curso de las investigaciones, para proteger desviar la atención del gobierno federal y del PRI; sí se observa al menos una manía por resolver “en caliente” el asunto, para evitarse la fatiga. Incluso el gobierno de la República tuvo que cambiar al titular de la Procuraduría General de la República, Jesús Murillo Karam, quien ya estaba sumamente desgastado.
Y no es que las cosas hayan mejorado. Iguala sigue en una vorágine de violencia y sus alrededores están llenos de cadáveres, donde los familiares de “Los Otros Desaparecidos”, todavía hurgan en busca de sus seres queridos, dejando a su paso desoladores relatos de terror, que revelan que la negra noche de Iguala, en donde desaparecieron 43 estudiantes y seis personas más fueron asesinadas, literalmente en medio de una cacería inmisericorde, mientras las autoridades estatales, federales y militares, observaban impávidas –según su versión-, o participaban activamente en la detención de los jóvenes, según el testimonio de estos.
Decíamos que Peña Nieto llega a Iguala en un momento crucial para el Astudillismo. Su visita, más que un espaldarazo al pueblo igualteco, el que mantuvo año y medio en el abandono después de aquella desgracia, a merced del caos y con un gobierno interino anodino y corrupto, el presidente viene a apuntalar al naciente gobierno priísta, que asumió el poder después de diez años de ausencia del PRI-Gobierno.
¿Por qué Iguala? Emblemático ese municipio para el PRI. Ahí comenzó la caída del poderoso PRD, partido que tenía en Guerrero su principal bastión. Y ahí comenzó también la recuperación del PRI en esta entidad.
Sin embargo, en Iguala comenzó también la desgracia para el gobierno peñista. La credibilidad de presidente se hizo añicos, y su gobierno se exhibió ante el mundo como violador de los derechos humanos. Hubo claros intentos de desestabilización, e incluso voces que exigían su renuncia. Las marchas, los mítines, los plantones, las acciones globales por Ayotzinapa que resonaron en los confines de la tierra, devolvieron el eco de un gobierno corrupto, corruptor, infiltrado, débil, con instituciones de seguridad carentes de certificación, y que ha dejado a la población inerme frente a la violencia.
Iguala representa todo lo malo y lo feo del peñanietismo, pero también es un eslabón que debe ser remendado, so riesgo de que ahora que el PRI gobierna en el estado, el caso se les revierta. Y que así como en Iguala el PRD fue enterrado, reduciéndolo a una pobre bancada legislativa y a un puñado de alcaldías, también Iguala puede ser el pozo que engulla los planes del PRI para 2018, si se insiste en evadir la realidad de ese municipio, uno de los más sufridos de la entidad, si juzgamos que 3 de cada 4 desaparecidos en el estado, se perdieron en esos parajes.
Se espera, además, que Peña Nieto traiga buenas nuevas al estado, a propósito de recortes y despidos laborales.

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