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Buhedera
¡Adiós a la juventud!
Guillermo Farber
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Septiembre 15, 2015
15:36 hrs.
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Me llega este imel que encontré muy oportuno. Desconozco al autor; me llegó como anónimo, pero quienquiera que sea, lo felicito calurosamente.
“Indudablemente la juventud es una edad dorada y recordada siempre con nostalgia. Es una breve época inolvidable, romántica, vibrante, emotiva y feliz. Es una dichosa etapa creadora y vigorosa
en la cual todo es fresco y novedoso, como una vaporosa nube en el firmamento con destellos de color de rosa. Pero hay que reconocer que esa misma juventud tan alabada, tan cantada y suspirada, es también una época llena de luchas, de preocupaciones, de negros nubarrones, muchas veces de privaciones y nunca exenta de incertidumbres, celos, zozobras,
competencias, temores, rivalidades y ansiedades. Es como una regata en la cual hay que estar compitiendo constantemente para lograr un ansiado trofeo.
EL GRAN CAMBIO
“Afortunadamente tanto en la naturaleza como en los seres humanos, después de la tempestad viene la calma. Y quizá lo mejor de la juventud... ¡es que ya pasó! Lo cierto es que sin saber cuándo, ni poder definir con exactitud una edad determinada (para unos antes y para otros después), en cierto punto impreciso de la vida llega ese lapso en que todo aminora su marcha y se detiene, posándose suavemente, sin prisas, dentro de nosotros mismos. El cauce se transforma en una corriente de paz que se mueve lentamente, casi sin sentirlo, hacia esa infinita grandeza, profunda e inconmensurable, que es el final de todos los viajes y adonde van
a parar todos los ríos: el mar. Esta etapa es la madurez. ¡Pues que sea bienvenida!
LA MADUREZ
“Veamos: la madurez no es exactamente el mediodía de la vida, ni la tarde, ni la noche. Más bien yo diría que es ese impreciso momento que llega sigiloso con las primeras horas del día, abarcando esos instantes brumosos y volátiles que se disuelven poco a poco al ser tocados por los emergentes rayos del sol: la madrugada. Y algo extraordinario: Ahora no nos inquietan las modas ni los cambios que experimentan las nuevas generaciones, ni nos mortifican ni afectan las nuevas corrientes o costumbres, pues nosotros no estamos obligados a cambiar ni a iniciar nuevas modalidades. Nuestra edad es ya suficiente justificación para mantenernos al margen, aunque sin desentendernos de lo básico y lo esencial. Nosotros, mal que bien, por lo menos llegamos a la recta final. Y eso está como para celebrarlo. ¡Ya la hicimos! Al llegar la madurez cesan las dudas y las incertidumbres. Ya no es necesario hacer tareas ni desvelarse estudiando, correr tras el autobús por las mañanas, presentar agobiantes exámenes, pasear a la novia o preocuparse por conseguir empleo. Definitivamente lo que íbamos a ser, ya lo somos. Y lo que no íbamos a ser, ya no lo fuimos… ni lo seremos. No a estas alturas. De eso no hay duda. ¿Entonces para qué preocuparnos? Para los que ‘cruzamos la frontera’ y estamos al otro lado, colocados sobre esta amplia, tranquila y bien ventilada terraza, ya no hay carreras, nerviosismos, competencias, prisas, luchas ni duelos a muerte. Nuestro sitio está en el palco, no en el ruedo. O por lo menos, detrás de la barrera.
La edad de los impulsos arrebatados, pues, ya ha terminado. Atrás quedaron angustias, zozobras, indecisiones y dudas. ¡Y qué bueno!
Si esta es la madurez, pues bienvenida sea la madurez. Hoy es aquel futuro del cual estábamos tan temerosos ayer. Y ya ven, todo salió bien.
FINAL DE JUEGO
“Después de todo ¡aquí estamos! La conclusión entonces es que, como en la madurez ya no hacemos planes a largo plazo (ni debemos), es necesario que se empiecen a ver YA los resultados de todo aquello para lo que antes trabajamos, planeamos, ahorramos y nos preparamos a lo largo de la vida. Ya no hay que seguir posponiendo más las cosas, ni hacer planes inalcanzables ‘para el futuro’, pues para nosotros, óiganlo bien, ¡El futuro ya está aquí y el tiempo apremia! No esperes más. Mientras goces de relativa buena salud y puedas moverse fácilmente todavía; mientras puedas comer y beber de todo y disfrutar de los atractivos de la vida, aprovéchalos. Si los atesoras, abre ya tus botellas de coñac francés, usa tus vajillas de Bavaria y tus cubiertos de plata, pues ¿para cuándo los están guardando? Podría meterse un ladrón y vaciarte la casa, ¿y de qué te sirvió haber guardado todo eso por tanto tiempo? Que no tengas que decir: ¡Qué temprano se me hizo tarde! Tampoco esperes ya ningún mañana brillante y glorioso, singular y perfecto. Si ibas a comprarte “algún día” una lancha, una moto, un camper, una cámara digital, una computadora, y puedes hacerlo (y te gusta), ¡pues cómpratela ya! Este es el momento preciso, no pierdas tiempo. Y si estuviste haciendo planes toda la vida para realizar algún viaje a Europa, a las Cataratas del Iguazú, a Hawaii, a Alaska, a China o a la Patagonia, antes que otra cosa suceda, como una devaluación, una operación repentina o un infarto, ¡vete ya si lo puedes pagar! ¿Qué esperas?”
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